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Una opción e imperativo ético
Es evidente que la lucha contra la pobreza y el hambre - sed, y a favor de los derechos de los pobres, es un imperativo ético, social, económico, ambiental y sobre todo religioso, urgente.
Es el desafío de construir los “cielos nuevos y tierras nuevas” que tan bella y sabiamente tradujo el teólogo Marcelo Barros, al decir: “El universo entero debería ser un inmenso ALTAR, en el cual podemos contemplar la presencia gloriosa de Dios”, consciente que cuando cometemos algún crimen contra la naturaleza o contra algún ser humano, profanamos algo sagrado, herimos al mismo Dios Creador en su obra.
Por tanto, toda lucha no-violenta contra toda forma de violación humana y natural es legítima y es un deber de cada cristiano o persona de buena voluntad, incluyendo en esto la lucha contra la privatización y la mercantilización del agua (y de la tierra). Es una opción ética que se ofrece a nuestra libertad.
En la comunidad nos informamos, conocemos la realidad, cuestionamos las intrigas políticas y los intereses del poder. En comunidad discernimos y actualizamos la Palabra de Dios. En comunidad nos abrimos a la acción de ANUNCIAR la Buena Nueva de Cristo, de DENUNCIAR lo que se opone a ella, para llamar a CONVERSIÓN. En comunidad buscamos la fortaleza para no desanimarnos frente a tantos obstáculos que encontraremos por el camino de la fe y de la ética de la vida; allí afianzamos la perseverancia en la fidelidad a nuestros principios y opciones. En comunidad buscamos y luchamos para que “otro mundo sea posible”.
(De la carta pastoral del obispo Luis Infanti, de la diócesis de Aysén, Chile)

Danos hoy el agua de cada día
El clamor y el derecho se unen para exigir más decisión y compromiso por la vida
Artículo publicado en Revista Don Orione nº 49 (año 2010)

“Desde la Patagonia ayudaremos a tomar conciencia para que el AGUA no llegue a ser el símbolo y el medio de nuevas colonizaciones y esclavitudes del siglo XXI”. Así expresaba el “Clamor de la Patagonia”, una inédita carta escrita por los obispos argentinos y chilenos de esa región del continente, y dirigida al secretario general de la ONU, a fines de noviembre de 2009.
El documento, al formular las razones de dicha preocupación, explicaba que el agua “sufre una grave crisis en todo el planeta, limitando la producción de alimentos, aumentando enfermedades y la atroz muerte de miles de niños, provocando una creciente pobreza por mal uso, contaminación, falta de agua potable, mercantilización –frecuentemente de monopolios-, uso exagerado en sectores consumistas”.
Los términos de esta declaración forman parte de un nutrido coro de voces, muchas de ellas desde el ámbito de las iglesias que, desde hace tiempo, viene alertando sobre esta problemática tan sensible a la existencia humana.
En efecto, a fines de 2008, el obispo de Aysén, en el sur de Chile, había escrito una extensa y muy completa carta pastoral que llevaba por título “Danos hoy el agua de cada día”. Dicho mensaje –sumamente valorado por distintos sectores de la sociedad en América Latina- serio y preciso, ponía en claro el problema, sintetizándolo de esta manera: “Algunas empresas transnacionales que buscan adueñarse de algunos bienes de la naturaleza, y sobre todo del agua, pueden ser LEGALMENTE propietarias de estos bienes y sus derechos, pero NO SON ETICAMENTE propietarias de un bien del que depende la vida de la humanidad. Es una injusticia institucionalizada que crea más pobreza y hambre, haciendo que la naturaleza sea la más sacrificada y la especie más amenazada sea justamente la especie humana, los más pobres”.
En la misma dirección, la reunión de los obispos de América Latina en Aparecida (Brasil, 2007) ya lo planteaba: “Las aguas están siendo tratadas como si fueran una mercancía negociable por las empresas, además de haber sido transformada en un bien disputado por las grandes potencias” (Aparecida nº 84)
La Comisión de Justicia y Paz de la orden religiosa de los Dominicos de Argentina también se manifestó al respecto con su declaración “El agua, un derecho humano”, de octubre de 2009. Entre otras cosas, reclamaban vivamente “la revisión de las leyes que favorecen el saqueo de los bienes naturales colectivos por parte del capital multinacional, y vulneran el derecho al agua y a su gestión por parte de las comunidades que habitan cada territorio”.
En el escenario mundial
Sin embargo, y aunque estemos hablando de un derecho tan claro como el agua, la realidad es que los sectores de poder siguen inclinando la balanza hacia sus intereses, mientras que los estados y los organismos creados para proteger este derecho no tienen ni la fuerza suficiente, ni la decisión política para enfrentar y dar solución al problema.
Por poner un caso concreto, el Foro Mundial del Agua celebrado en Estambul en 2009, o la Conferencia Mundial de Copenhague en la que tanto se habló del cambio climático, volvía a evidenciar la falta de acuerdo entre los estados y la ausencia en la toma de posición en defensa de este derecho.
Por falta o por sobra, por sequía o por inundación, el problema del agua está instalado y cada vez son más quienes piensan que es urgente modificar usos y costumbres. Frente a la tibieza de las aparentes resoluciones que no hacen otra cosa que dejar todo como está, se multiplican las voces críticas que cada vez más piden un cambio de fondo: más que cambiar el clima, es necesario cambiar el sistema económico-social.
Problemas en Argentina: Chaco, Buenos Aires y la lista sigue…
El Centro de Estudios Nelson Mandela, desde hace tiempo, viene alertando acerca del problema del agua en la provincia del Chaco, uno de los lugares más afectados de nuestro suelo argentino. Allí, según revela esta fuente, sólo el 25% de la población tiene acceso a una cantidad de agua suficiente, aunque discontinua en su provisión. Pero la cifra más cruda indica que prácticamente el 100% del Chaco seco carece de agua potable, más cuando se ha comprobado en varias regiones una alta presencia de arsénico y otras consecuencias derivadas de fumigaciones aéreas en territorios de producción agrícola transgénica (Informe Aguas contaminadas, diciembre de 2008).
Al mismo tiempo, las aguas que han sido transportadas desde el puerto de Barranqueras hacia las poblaciones del sudoeste chaqueño, que padecen las mayores sequías, no gozan de las condiciones de salubridad necesarias. Sin embargo, son igualmente consumidas por muchas familias cuya cotidianeidad está inexorablemente emparentada con la indigencia.
Si pasamos a la situación de la provincia de Buenos Aires, las noticias no son más alentadoras. Un informe de noviembre de 2009, llevado a cabo por la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ), revela que más de 3,3 millones de los habitantes del Gran Buenos Aires no cuentan con agua potable de red.
Estamos hablando de una cantidad enorme de personas –de los sectores más pobres del conglomerado urbano- que por lo general, se abastecen de agua en estado no apto para el consumo. Tal es el caso del Barrio San Ignacio del partido de Esteban Echeverría, donde Laura Coelho de ACIJ, al ser consultada, da cuenta de la situación: “Vimos junto a los vecinos, que muchos tenían que gastar una parte muy importante de sus ingresos en la compra de agua envasada para beber y para cocinar. Pero había otros que no tenían esa posibilidad económica, ni la conciencia suficiente de que la contaminación del agua era lo que los estaba enfermando”.
La mencionada asociación se involucró en el barrio, y desde un trabajo interdisciplinario se pudo identificar mejor la problemática: “La gente empezó a mostrarnos que los niños tenían herpes, diarrea y otras enfermedades. Se confirmó también un caso de cáncer de riñón. Los análisis bacteriológicos revelaron que el agua que los vecinos extraen de las napas tienen elevados niveles de nitratos, nitritos, arsénico y cromo”, continuó.
Ante semejante carencia, el ACIJ plantea no sólo una solución definitiva a través de la expansión y universalización del servicio de agua, sino medidas urgentes que permitan accesibilidad a agua potable y segura. “Nos presentamos junto a organizaciones barriales para tratar de revertir la situación; luego de la presentación judicial, y hasta tanto exista la red de cañerías, el Municipio de Esteban Echeverría se comprometió a proveer agua en bidones a través de camiones cisterna”, reafirma Laura Coelho.
Barrio San Ignacio, Villa 31, Barrio Don Orione, Villa Itatí, son algunos de los tantos centros urbanos de Buenos Aires que –junto a muchos otros del país- requieren de decisiones inmediatas por parte de los gobiernos, pero también de una urgente toma de conciencia y protagonismo de parte de la gente.
El agua es un derecho, pero…
Difícilmente se cuestione el derecho al agua, que como tal, está reconocido desde 1977, y además, viene ratificado por una cantidad de convenciones y pactos internacionales.
Sin embargo, son muchos quienes, lejos de vivir en estado de derecho, no les queda otra que vivir en la no-legalidad, donde lo que rige es el estado de excepción. De lo contrario, no podría entenderse cómo el agua, que es un bien público fundamental para la vida y la salud, no esté al alcance de todos los seres humanos.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) enumera cerca de 25 enfermedades que están vinculadas al agua, tales como, la diarrea, la hepatitis y el cólera, además de la malnutrición y las intoxicaciones. Por lo que no está demás recordar que el derecho al acceso a agua potable y segura, es parte del mismo derecho a la salud y a la vida.
“En este sistema, la gran víctima es siempre la naturaleza y el ser humano”, denuncia el obispo Luis Infanti, en la citada carta pastoral a la diócesis chilena de Aysén. Y afirma que: “Ya no se habla de agua, sino de ‘Recursos Hídricos’. El capitalismo, que se nos mete en nuestra misma mente y corazón, ya no ve las cosas como son en su esencia y en su finalidad, las ve en base al precio que valen o podrían valer. Además, para este sistema economicista los bienes de la naturaleza no son para todos y para que los pobres sean más beneficiados, sino que son ‘para mi, para mi empresa, para mis ganancias’”.
Por eso, después plantea la necesidad de un cambio de mentalidad que nos asemeje más a la concepción de vida que tenían los pueblos originarios, en especial en las relaciones que se daban dentro de la comunidad y para con la naturaleza.
Desde otro lugar, pero atento a la misma situación, el reconocido periodista y escritor Carlos Del Frade, en uno de sus artículos narraba, a partir de la historia del agua, la historia de nuestro pueblo, al cual definía como “un país atravesado por centenares y caudalosos cursos de agua dulce, que nunca pudo resolver el problema de la potabilización y los servicios cloacales”. Y mirando el presente, añadía: “En pleno tercer milenio, con un mapa atravesado por la pobreza impuesta y surcado por enfermedades nacidas desde las entrañas de tanto saqueo, el agua sigue siendo una necesidad y un fenomenal negocio”.
¿Podemos seguir así?
Porque el agua es fuente de vida –y como tal, no negociable- el Estado deberá asumir su indelegable responsabilidad, tomando la decisión política de cuidar y garantizar un derecho universal tan antiguo como la Creación misma.
La sociedad en su conjunto tendrá que tomar conciencia, replantear la actual forma de vida motorizada por el consumo, y organizarse mejor, ya no para satisfacer tan sólo las necesidades individuales, sino para hacer que se cumpla efectivamente aquello que nos corresponde a todos, pero que escasea mayormente en los más pobres.
Tal vez, sigan siendo válidas aquellas palabras del Cacique Seattle al Gobernador Stevens Washington, cuando éste les quería quitar sus tierras, a mediados del siglo XIX: “¿Cómo pueden ustedes comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Nos parece una idea extraña. La tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra (…) Esta agua que brilla moviéndose en las corrientes y en los ríos, no es simplemente agua. Es la sangre de nuestros antepasados. ¿Cómo podríamos vender la tierra o el agua, si son sagradas?”.


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