Como Abraham, marchó hacia una nueva tierra para ser padre...

 

Semblanza del P. José Zanocchi, primer Provincial orionita de América Latina.

Por P. Facundo Mela fdp



En un pequeño pueblito lombardo de nombre Cegni, un joven escucha las prédicas de un sacerdote apenas un año mayor, quien lo invita a dejarse guiar por la Divina Providencia. Lo que ese joven, llamado José, y el P. Luis no sabían era que ese sería el comienzo de una amistad y una excepcional historia de apostolado que cruzaría el océano y fructificaría en Sudamérica.

 

El 10 de octubre de ese mismo año 1899, José Zanocchi, con 26 años, llegaba al Colegio “Santa Clara” en Tortona. Entonces era considerado una vocación adulta, pero ello no le importó a la Divina Providencia que tenía otros planes. Allí, Don Orione le dio varios encargos: fue portero, asistente, hermano mayor y hombre de confianza. El mismo P. Zanocchi narraba con mucha sencillez que había intentado persuadir a Don Orione para que lo dejara volver a su pueblo para arreglar ciertos asuntos familiares y, con este pretexto, quedarse en su casa ya que le parecía imposible poder perseverar en esos primeros tiempos de la Congregación. Pero Don Orione, que con fina intuición veía lejos, primero no le permitió viajar, pero luego lo acompañó en el viaje de ida y vuelta de Cegni.

 

El P. Zanocchi estudió luego en San Remo y en Tortona, y fue ordenado sacerdote el 17 de diciembre de 1904. Ejerció un fecundo apostolado como capellán del hospital, en cárceles, con los aspirantes y luego como padre espiritual de la naciente familia de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad.

 

Las excelentes cualidades del P. Zanocchi y la confianza depositada en él indujeron al Fundador a pedir su presencia en América Latina a los pocos meses de su llegada. El 15 de enero de 1922 se embarcaron en Génova el P. Zanocchi, junto con el P. Montagna, el P. Contardi y dos jóvenes que aún no eran religiosos: Dondero y Castegnetti. Don Orione los esperaba en Río de Janeiro y desde allí continuaron viaje hasta Buenos Aires, donde desembarcaron el 6 de febrero y se alojaron unos días con los salesianos en el barrio porteño de Almagro. El día 10 de febrero, el P. Zanocchi y el seminarista Dondero, quien hablaba castellano, se trasladaron a Victoria.

 

El 11 de febrero de 1922 fue la toma de posesión de la entonces capilla Nuestra Señora de la Guardia, que resultó ser la apertura oficial de la primera casa de la Congregación en la Argentina. Durante ese mes de febrero, Don Orione permaneció allí acompañando a sus religiosos. Los inicios fueron heroicos: la capilla había estado cerrada varios años, por lo cual no contaba con feligresía, y Victoria era un barrio socialista y anticlerical. En esos días Don Orione escribía: “algunos padres arrancaron de las manos de sus hijos las medallas donadas por nosotros”.

 

Sumado a esto, todavía no había sido construida la casa de la comunidad religiosa, por lo que los primeros religiosos improvisaron unas camas en el actual coro de la capilla. Se ocuparon de poner en condiciones el templo y comenzaron con la catequesis, el oratorio festivo y las misas. Pese al clima adverso, el P. Zanocchi, con 48 años y casi sin hablar español, comenzó una intrépida tarea evangelizadora que, con su dulzura y dedicación, poco a poco se fue ganando a la gente del barrio. En 1927, cuando la capilla se elevó a parroquia, fue nombrado como primer párroco.

 

Antes de su partida, Don Orione lo nombró encargado de la congregación en Sudamérica. Durante más de diez años llevó adelante la joven misión que extendía sus carpas a Mar del Plata, Nueva Pompeya (Ciudad de Buenos Aires) y Tres Algarrobos, como también a la vecina Republica Oriental del Uruguay, en Montevideo y la Floresta. En esos años, preparó la llegada de las Hermanas a la Argentina, a quienes acompañó paternalmente.

 

En junio de 1935, cuando Don Orione se encontraba nuevamente en Argentina, debió dejar la parroquia de Victoria para colaborar con él en la apertura de nuevas casas.

 

En 1946 participó del 2° Capítulo General en Tortona (Italia) y fue elegido Vicario General, debiendo dejar su segunda patria por seis años, lo cual no fue fácil para el P. José. Al terminar el periodo, pidió volver a la Argentina para terminar sus días aquí. Ante la pregunta de algunos religiosos, solía responder: “¿Qué cosa voy a hacer a la Argentina? Voy a morir”.

 

Nuevamente en Argentina, fue destinado al Colegio Apostólico San José (hoy, Colegio San Pio X) como Director Espiritual, y luego, por razones de salud, pasó al Hogar Sacerdotal del Cottolengo de Claypole. En la Semana Santa de 1954, su salud comenzó a declinar y fue internado en el Hospital Italiano de Buenos Aires.

 

Nuevamente en Claypole, el 17 de mayo de 1954 a las 22:30, su rostro se iluminó con una sonrisa serena, alegre y pacifica… y volvió a la Casa del Padre. Don Orione había dicho: “En el momento de morir, quisiera ser el P. Zanocchi”.

 

A pedido de los fieles de la comunidad de Victoria, sus restos fueron después trasladados a la Parroquia Nuestra Señora de la Guardia, el 21 de mayo de 1961.

 

El P. Zanocchi se abandonó en las manos de la Divina Providencia y aceptó la invitación de Don Orione de venir a Latinoamérica. Con casi 50 años cruzó el océano para servir a Dios y a los pobres. Como Abraham, marchó hacia una nueva tierra para ser padre de una multitud. No sabemos qué pasaría en su corazón mientras el barco se alejaba de su Italia natal, pero la promesa de Dios se cumplió y, a su muerte, la Familia Orionita había crecido en distintos lugares de Brasil, Argentina, Uruguay y Chile.

 

Su figura dejó una huella imborrable entre aquellos que lo conocieron. Su paternidad espiritual, su delicadeza pastoral, su humildad y su entrega generosa hicieron de él un Padre con mayúscula y una de las columnas de la presencia orionita en estas tierras.

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