Un orionita genuino

 Por P. Roberto Simionato fdp

Claypole, 21 de mayo de 2019

Del P. Luis Pedro Antonio Gastaud tengo recuerdos esparcidos en el tiempo: desde los años de la formación, pasando por la etapa compartida en el Chaco, hasta el contacto continuado a la distancia, honrando la vieja amistad.

 

Mi primera imagen en la memoria es como pibe recién llegado a la Obra: se remonta a los partidos de fútbol de los seminaristas más grandes contra los Hermanos clérigos. Luis tenía entonces un perfil inverosímil para quien lo conoció después: delgado, ágil y acompasado mediocampista, no rápido, pero siempre con el pase justo.

 

Cuando era joven sacerdote y fui a estudiar a Italia en 1965, me encargó entrevistar a un famoso sacerdote jesuita de la Gregoriana que había inventado el “método natura” para estudiar latín. Me lo pidió con tanta convicción que yo, no sé bien por qué, le hice caso y pisé por primera vez la Universidad donde él había estudiado. Recorrí los adustos corredores de la clausura para hablar con este padre que me recibió en su amplia habitación, llena de libros, y me dio un material para Luis. No sé qué utilidad tuvieron esos apuntes para él, ni yo los necesitaba, porque el latín ya lo había estudiado con la clásica gramática del Lipparini y no iba a profundizar más, y porque ya se empezaba a usar el italiano en las Universidades Pontificias. Ése era Luis, a la búsqueda desde entonces de algo novedoso, entusiasmando a otros para lo nuevo.

 

Cuando en 1973, con 4 años de sacerdocio, me propuso el P. Berón ‒Provincial de entonces‒ ir a Barraqueras, lo tomé como una gracia de Dios. Salir de la Capital, servir a los pobres en la periferia, era lo máximo para mí. La periferia, término recuperado ahora por el papa Francisco, ya estaba de moda entonces. Allí estuve unos años, del '74 al '77, con Luis y el P. Peñalver. Éramos muy distintos y logramos hacer una linda comunidad. El “Gordo” (ya había mutado su físico) vivía en una casita-rancho en Villa Hortensia y compartía a diario una olla popular con la gente, en el “ranchón” ubicado en el sector San Isidro, cerca de la laguna, sobre el final de las vías abandonadas del ex ferrocarril a Santa Fe.

 

No fue fácil vivir juntos y separados. Nos unió el compartir el proyecto, con mucho diálogo, que fue pasando de las prolijas actas de comunidad ‒que él redactaba en su clásico cuadernito‒ a la convivencia realista de programarlo todo; y siendo muy distintos, vivir lo que era posible, cuidándonos entre nosotros con respeto y mucha paciencia. Para mí fue una muy buena etapa de aprendizaje. En los problemas del colegio Luis me ayudaba porque venía de dirigir otras escuelas en San Fernando y el Puerto Mar del Plata. Lo que para mí era drama, para él era entretenimiento.

 

En lo social, Luis siempre estuvo muy comprometido. En el NEA en ebullición, participé con él en varias reuniones de los "Curas del Tercer Mundo". Los tiempos se pusieron difíciles: atentados y represión. Toda actividad social se volvió muy sospechosa. No era broma, corría peligro y Luis se vino a vivir al colegio, aun siguiendo con el servicio de los pobres del barrio. Antes del golpe militar, en 1975, detuvieron a una maestra del colegio que dio a luz en cautividad en el Hospital de la Madre y el Niño de Resistencia. Cuando vinieron los militares, detuvieron a unos cinco jóvenes del barrio que también frecuentaban la parroquia. Los visitábamos, gracias a la ayuda de un cura francés, párroco de la Santa Cruz, al lado de la cárcel. Comenzó entonces el plan sistemático de la violencia de Estado. La Iglesia se debatía en sus propias divisiones. División entre curas, división entre obispos. Se hablaba de la violencia de arriba y la violencia de abajo. De explotadores y explotados. De liberación o dependencia. La “grieta” de hoy es un chiste al lado de aquella en la que dejaron la vida Angelelli y compañeros mártires, Mugica y otros.

 

En ese contexto no era imposible confundirse, exaltarse, caer en ambigüedades. Por eso, en varias reuniones, en más de una ocasión, el “Gordo” enarbolaba la solemne definición de Pablo VI en su visita a Colombia, repetida en la Evangelii Nuntiandi: “La violencia no es ni cristiana, ni evangélica”. Era la misma frase que me había dicho Mons. Pironio, entonces mi obispo en Mar del Plata, cuando me fui a despedir y a pedirle consejo en mi partida para el Chaco. Con ese espíritu Luis marcaba su presencia activa en medio de los pobres. Y convengamos que tampoco era tan fácil visitar a los jóvenes militantes presos y a la vez predicar el Cursillo de Cristiandad en la parroquia.

 

 

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Retazos de la memoria agradecida

 

Muchas otras cosas podría contar de Luis. Vienen a mi memoria, por ejemplo:

 

  • Que en los ’80, estuvo en el Cottolengo de Córdoba por varios años, en el servicio directo de los muchachos en el hogar de los jóvenes, cosa poco usual en los sacerdotes.
  • Que cuando las papas quemaban en Claypole, por la sucesión del P. Re, con pueblada incluida, el Provincial apeló al padre Luis “todo terreno” para salir del paso.
  • Que fue seguidor y acompañante de los ex alumnos del seminario y de los religiosos que habían dejado. Mantenía los contactos como nadie. Si querías saber qué era de la vida de “fulano”, aún el más desgraciado, el “Gordo” casi seguro que tenía información fresca.
  • Que no me llama la atención que se ofreciera para acompañar en las Comunidades del Sur en Mar del Plata o en el trabajo como capellán en la pastoral carcelaria. Me parece que era acorde con sus genes. Otros pueden contar mejor que yo esa experiencia.
  • Que era proverbial su obsesión por acompañar a los pobres, por hacerlos sentir iguales, sentarlos a su mesa, tomar unos mates, jugar un truco o subirlos a su coche. Donde andaba un “croto” o un “linyera” (así se llamaban entonces), ahí estaba Luis. Como el “Julio” de las calles de Barranqueras, espástico, que se refugiaba en los fondos de la parroquia; o “Lali”, una pobre india toba, con alguna discapacidad, que vagaba siempre sola y que casi cada año nos traía un hermoso bebé que no quería abandonar y nos lo entregaba para darlo para la adopción a las Hermanas del Buen Pastor.
  • Que fue muy orionita en eso de valorar a “lo que no es” a los ojos del mundo, viendo a Jesús en los hermanos más pobres. Los nombres fueron cambiando con el tiempo: los pobres, los desamparados, los explotados, los marginados, los excluidos, ahora los descartados, la chatarra del mundo decía Don Orione (“rottami” en italiano). Lo que no cambió fue la cercanía, la entrega de Luis.
  • Que en el último tiempo en el Cottolengo, teníamos algún diálogo breve. Tiraba alguna frase evocando alguna anécdota antigua, algún dicho en italiano. Al final, casi nada, solo algún apretón de manos, sin palabras.

 

Si de todas estas imágenes tuviera que hacer un resumen, no dudo en decir: Luis fue un orionita genuino, tal vez un poco incómodo para los que preferimos una vida religiosa más tranquila y ordenada, pero ¡qué duda cabe! que cuando franqueó las puertas del Cielo, Don Orione lo reconoció plenamente como “hijo auténtico”, mientras recibía el tierno abrazo de Nuestra Señora, bajo la mirada atenta de San José.

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