Una vida en clave misionera

Por Hna. Ma. Tamara Mará



Es difícil escribir sobre alguien querido cuando su partida es reciente, afloran sentimientos y emociones que parecen desorganizar las ideas. Pero más difícil aún es poder pintar en pocas palabras a una persona tan rica y multifacética como fue la Hna. Blanca Bentancur.

Intentaré compartir en pocas líneas lo que considero los rasgos más sobresalientes de su persona, basándome en mi experiencia de este tiempo vivido junto a ella en el Cottolengo Femenino de Montevideo.



Una mujer de oración

 

Sobre esta faceta se sustenta toda la belleza de su persona. El centro de su día era Jesús Eucaristía; ya sea en la Adoración personal o cuando acompañaba a las residentes. Con ellas también rezaba el Santo Rosario todos los días. 

Participaba en los momentos de oración comunitaria con entusiasmo, nutriéndonos especialmente en la meditación compartida con sus reflexiones y experiencias profundas.

No se cansaba de dar testimonio de lo quién Jesús era para ella. Más de una vez nos dijo que en la misión había tenido problemas muy graves, los que no tenía idea de cómo podía llegar a resolver. En esos momentos iba a la capilla para dejar todo en manos de Dios y, al salir, se encontraba consolada, con la certeza de que todo se resolvería… Y así fue siempre.



Hermana, amiga, abuela…

 

Todo eso y más era en el Cottolengo. Para las religiosas era una hermana en el sentido más completo de la palabra. Aunque a medida que declinaban sus fuerzas fue dejando las responsabilidades en el Cottolengo, siempre estaba atenta a nuestras preocupaciones y predispuesta a brindar cualquier pequeño servicio, acorde a sus posibilidades.

Era muy entusiasta en los momentos de gratuidad, en los que nos divertía con sus anécdotas. Al ser también una gran lectora la conversación con ella podía recorrer temas de historia, política, teología, siempre con la misma agudeza.

Para las residentes adultas era una gran amiga con quien tomar mate. Para las jóvenes, la abuela cariñosa con quien jugar y ensayar las primeras letras.

Un capítulo aparte merecen las vacaciones en Shangrilá, en las que disfrutaba la playa y los asados como verdadera uruguaya.



Misionera

 

La misión, lejos de ser un baúl de recuerdos de su intenso trabajo alrededor del mundo, fue siempre su carné de identidad. No perdía oportunidad de anunciar el amor de Dios con su escucha atenta, sus sabios consejos, un vídeo de whatsapp, una llamada oportuna y su permanente sonrisa. Esto se daba especialmente con los jóvenes voluntarios, quienes tenían siempre a disposición su mate y el banquito dónde sentarse a compartirlo. Fiel al espíritu orionita nos educaba a las Hermanas en ese aspecto, soñaba con una religiosa que estuviera "sólo para acompañar a los jóvenes".



La enfermedad


Supo obedecer humildemente a nuestras superioras cuando le pidieron que se sometiera a la cirugía por el cáncer. Con esa misma humildad pudo exponer sus motivos para no realizar otros tratamientos y fue respetada en su decisión.
Aunque su fortaleza de ánimo nos hacía olvidar la enfermedad de su cuerpo, ella aprovechó conscientemente este tiempo para prepararse a partir. Nunca olvidaré el día de la cirugía; la abracé con lágrimas en los ojos y me dijo sonriendo: "Vos no te preocupes, de la clínica voy a salir, puede ser que me vuelva con la Hna Adriana o que me vaya con Jesús, a mí me da lo mismo".
Después de la intervención se la vio con ánimo renovado y cuando empezaron las complicaciones de las metástasis, dos años después, las afrontó con paz.

Su último día fue intenso: compartió con nosotras, pasó parte de la tarde con una de las residentes, mirando fotos de su periodo en África, planificó jugar toda la mañana del día siguiente con una de las niñas, escuchó una charla de un retiro por zoom junto a la Hna. Adriana... Nada nos advirtió que cerrando la jornada se iba a descompensar.
Los últimos minutos la escucharon decir "gracias" a las Hermanas que intentábamos aliviarla y "Jesús", el nombre por el que entregó todo, hasta la última gota de vida.
Sé que estas pocas palabras no le hacen justicia a tan gran mujer, pero quieren dar algunas pinceladas de lo que fue: una religiosa orionita íntegra y coherente. Quieren ser también un testimonio para quienes nos consagramos a Dios de que se puede vivir hasta el final, con intensidad y alegría, una vida que siembre el Reino en cada latido.

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