Un suburbio de Buenos Aires llamado Victoria, donde todo comenzó

Por P. Rodrigo Gálvez fdp

 

San Luis Orione llevaba poco menos de tres meses en Brasil, cuando decide no demorar más su partida hacia Argentina. Aún antes de haber viajado, él tenía en mente establecer al menos dos “presencias” de su naciente Obra en Buenos Aires, y no tardará en poder cumplir su sueño. 

Luego de aceptar la “atención pastoral” de una institución estatal, la “Colonia nacional de varones Ricardo Gutiérrez”, situada en la localidad de Marcos Paz, no muy lejos de la ciudad de Buenos Aires, donde vivían unos 700 niños y jóvenes provenientes de familias “con problemas”; se le presentará la oportunidad que él estaba esperando.

A mediados de noviembre de 1921, Don Orione puede ir a conocer la capilla que Mons. Alberti (obispo de La Plata) le había ofrecido. Junto con Don Orione fueron también el Dr. Cullen, Mons. Silvani y P. Maximino Pérez, párroco de San Fernando, de la cual dependía la capilla. Ese día ‒lo sabemos‒ Don Orione no lucía bien: un dolor de muelas lo tenía a mal traer. Fue entonces que ocurrió el hecho que, hasta el día de hoy, sigue pareciendo un milagro.

Mientras sus acompañantes observaban los detalles interiores, Don Orione, con expresión de éxtasis comenzó a correr hacia adelante con los brazos extendidos, al tiempo que lanzaba una sonora exclamación, mezcla de asombro y júbilo. Sus acompañantes se volvieron asombrados para verlo caer de rodillas y rezar frente a una imagen de la Virgen que se hallaba sobre un rústico pedestal de madera, a un costado del altar mayor. Fue cuando le preguntaron qué ocurría, que él exclamó:

¡Pero… ¿acaso no lo ven?! ¡Es la Virgen de la Guardia! Vine a la Argentina con la intención de edificarle una iglesia pero la Virgen fue más diligente que yo y me la da hecha… Cuándo partí de Génova prometí consagrarle todas mis obras en América y ahora me siento feliz de verla honrada aquí!"

Unos días después, el 1 de diciembre, Don Orione escribirá a los suyos en Italia: “La Divina Providencia abre sus puertas también en Argentina (...). En la iglesia nueva, hermosa y ya equipada con todo (…) situada en un suburbio de Buenos Aires, llamado Victoria”.

 

 

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Don Orione en el Colegio San José de Victoria, durante la Fiesta de San José (1935)



¿Con qué Victoria se encontró Don Orione?

 

Nacida junto a la construcción de la estación ferroviaria, a unos 24 km. al norte de la Ciudad de Buenos Aires, el establecimiento de los talleres del ferrocarril atrajo a muchos trabajadores que se sentían identificados con las ideas del anarquismo, el anticlericalismo socialista o la masonería. Pero esto no iba a impedir que Don Orione y sus hermanos sacerdotes anunciaran alegremente el Evangelio. 

Algunos meses después de haber comenzado la labor pastoral, llegaría el tiempo de celebrar la primera Semana Santa junto al pueblo de Victoria. Don Orione la festejaba con el P. José Zanocchi, y a pesar del frío y el ambiente descristianizado, el fervor de san Luis Orione logró dar a la celebración pascual un entusiasmo nunca antes visto en ese pueblo y que sacudió notablemente el ambiente, haciendo ver que, desde su llegada, la fe en Victoria ya no volvería a ser igual. 

El mismo Santo describe cómo se vivió ese Semana: 

Fue un verdadero triunfo de fe en Victoria. Las funciones como en una Catedral: el lavatorio de pies a doce jóvenes con sermón eucarístico la tarde del Jueves Santo; el Viernes todas las funciones con la prédica de la Pasión y Muerte de Jesucristo y solemnísima Procesión con la Santa Cruz de noche (...). La Misa de Gloria cantada en música con violines y la Iglesia llena y doce niños tocando las campanillas por las calles en grupos, para anunciar que Jesucristo había resucitado y que también resucitaremos nosotros (…). En Pascua, solemnes Confesiones… Primeras Comuniones... fuimos a dormir a la una…” 

En ese mismo año, durante la ceremonia de inauguración del templo parroquial, el P. Maximino Pérez dirá de ese acontecimiento, como si hubiera podido leer lo que ocurriría con el correr de los años: “Es el centro y el comienzo de una cruzada para expresar el amor y la misericordia de Dios”.

Y así fue como, pese a que los comienzos estuvieron marcados por resistencia y hostilidad, los primeros orionitas no tuvieron temor a trabajar en favor de los más necesitados para hacerles experimentar el amor y la misericordia de Dios. 

Cien años después, seguimos encontrando dificultades y resistencias, y es en medio de ellas que, caminando tras los pasos de tantos orionitas que nos precedieron, nos toca a nosotros continuar hoy la misión de ser expresión del amor y la misericordia de Dios, que es para todos, y que se manifiesta especialmente entre los más olvidados de nuestros hermanos.  

¡Ave María y adelante!

 

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Don Orione juanto a amigos en el Colegio San José (1935)

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