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Qué es una reliquia

La palabra reliquia viene de restos; la reliquia de los santos son restos del cuerpo o de una vestimenta de quien fuera un "santo", es decir, alguien que vivió en serio el Mensaje Evangélico y se jugó, de manera heroica, por él. La veneración a las reliquias comenzó a darse muy fuertemente con el culto a los mártires, durante el período de las persecuciones, en las catacumbas.
Las catacumbas eran cementerios donde eran enterrados los cristianos. En ese lugar se sentían más protegidos para celebrar la Eucaristía y también allí guardaban, celosamente, para la veneración de los fieles las reliquias de aquellos que habían sido martirizados.
Esta veneración de los restos se fue ampliando en la Iglesia a todos los que de, una manera u otra, se los consideró "santos". Cuando se consagra un altar, en su base se pone la reliquia de un santo, si son mártires mejor aún. El altar es donde se realiza la Eucaristía, que es banquete y sacrificio, el cúlmen de la vida cristiana. Los santos alcanzaron esa plenitud del amor de Dios participando del sacrificio eucarístico.
Las reliquias están relacionadas entonces con la liturgia, la cual no es algo sólo de esta tierra sino que está conectada con la liturgia celestial. En Lumen Gentium Nº 49 del Concilio Vaticano IIº se lee: "Así, pues, hasta cuando el Señor venga revestido de majestad y acompañado de todos sus ángeles (cf. Mt., 25,3) y destruida la muerte le sean sometidas todas las cosas (cf. 1 Cor, 15,26-27), algunos entre sus discípulos peregrinan en la tierra otros, ya difuntos, se purifican, mientras otros son glorificados contemplando claramente al mismo Dios, Uno y Trino, tal cual es; mas todos, aunque en grado y formas distintas, estamos unidos en fraterna caridad y cantamos el mismo himno de gloria a nuestro Dios.
Porque todos los que son de Cristo y tienen su Espíritu crecen juntos y en El se unen entre sí, formando una sola Iglesia (cf. Ef., 4,16). Así que la unión de los peregrinos con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe; antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de los bienes espirituales. Por lo mismo que los bienaventurados están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella misma ofrece a Dios en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación (cf. 1 Cor., 12,12-27).
Porque ellos llegaron ya a la patria y gozan "de la presencia del Señor" (cf. 2 Cor., 5,8); por El, con Él y en El no cesan de interceder por nosotros ante el Padre, presentando por medio del único Mediador de Dios y de los hombres, Cristo Jesús (1 Tim., 2,5), los méritos que en la tierra alcanzaron; sirviendo al Señor en todas las cosas y completando en su propia carne, en favor del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia lo que falta a las tribulaciones de Cristo (cf. Col., 1,24). Su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" (L.G., 49)
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