El Pequeño Cottolengo

 

Don Orione concibió la obra del Pequeño Cottolengo como un auténtico proyecto de inclusión social, con la profunda convicción que no podía haber personas desechables, ni vidas sobrantes. Por eso, para todo aquel que se acercara, la única pregunta válida que se le podía hacer era acerca de su dolor. Nada más. Pasaron muchos años, y a pesar de tantos adelantos en la humanidad, aún persisten y aumentan los mecanismos sociales y económicos que discapacitan y excluyen. No se trata de un problema únicamente ligado a la salud, sino de una gran carencia social que, además, hace que las personas con discapacidad experimenten la pobreza, la ausencia de oportunidades, la dependencia y el desamparo.

El Pequeño Cottolengo, tal como lo anhelaba el Fundador, quiere ser "faro de civilización", luz testimonial en la construcción de un mundo más justo e incluyente.

Al mismo tiempo, es espíritu de familia, respuesta humana y cristiana para muchas personas necesitadas de un espacio existencial, capaz de dignificar y devolver humanidad.

Para eso, religiosos y laicos, profesionales, trabajadores y voluntarios, unen esfuerzos cotidianamente buscando mejorar la calidad de vida y las posibilidades de aquellos hombres, mujeres y niños, que han encontrado en el Cottolengo su lugar.

 

 

Don Orione discapacidadUn poco de historia

Por el año 1915, moría la condesa italiana Teresa Agazzini, dejando a Don Orione su casa para que hiciese en ella un asilo de caridad destinado a ancianos pobres. A partir de allí, y tomando como modelo la gran obra que fundara San José Benito Cottolengo en Turín  Don Orione iniciaba un nuevo campo de apostolado de caridad para alivio de pobres y enfermos de toda clase.

Casi sin darse cuenta, Don Orione fue abriendo sus casas de caridad, una tras otra. La gente no tardó en llamarlas "Cottolengos", por identificarlas con la magnífica obra del santo. De esta manera, los Pequeños Cottolengos se propagaron en Italia y en otros países, llegando a América Latina.

El Pequeño Cottolengo Argentino fue abierto por el mismo Don Orione. Durante su segunda estadía en nuestro país, colocó en Claypole (al sur del gran Buenos Aires) la piedra fundamental de su construcción el 28 de abril de 1935. Y a pesar de lo limitado de los medios con que comenzó, había previsto que aquello se convertiría en algo grande: “Buenos Aires puede tener la ciudad de las diversiones, puede tener la ciudad de los estudios; pero el Cottolengo será la Ciudad de la Caridad”.

Al mismo tiempo, aceptó la donación de una propiedad en la calle Carlos Pellegrini, en pleno centro de Buenos Aires, para que fuera allí la sede central. Ese lugar fue bendecido el 27 de junio de 1935, y a los pocos días recibió allí a las primeras personas necesitadas de atención.

Sólo en cuestión de escasos días, las Damas de San Vicente le ofrecieron una casa en la localidad de Avellaneda, que inauguró el 2 de julio del mismo año, como Cottolengo, poniéndolo bajo el cuidado de las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad.

Aún hoy, impacta recorrer aquellos días inolvidables de la presencia de Don Orione en Argentina, cómo en tan poco tiempo pudo llevar adelante un proyecto tan grande. Sin dudas, la Providencia de Dios obró a través de la persona del santo, y de muchos corazones dispuestos que encontraron reflejado en él, sus propios anhelos de solidaridad.

Así definía Don Orione el sentido del Pequeño Cottolengo:

"Es una obra que toma vida y espíritu de la caridad de Cristo, y su nombre de San José Benito Cottolengo, que fue apóstol y padre de los pobres más desdichados... Es una familia edificada sobre la fe que vive del fruto de un amor inextinguible. En el Pequeño Cottolengo se vive alegremente; se reza, se trabaja en la medida que lo permiten las fuerzas; se ama a Dios, se ama y se sirve a los pobres. En los abandonados se ve y se sirve a Cristo en santa alegría. ¿Quién puede ser más feliz que nosotros?"

 

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