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Memoria y balance para surfear el futuro

 

Padre, hermano, pastor y protagonista destacado de buena parte de la vida de la Obra Don Orione en nuestro país, el P. Roberto Simionato nos desafía a reflexionar como Familia Orionita para actuar en las fronteras de la caridad del siglo veintiuno.

 Por P. Roberto Simionato

 

Memoria y balance

 

Nos disponemos a celebrar cien años de la llegada de Don Orione a la Argentina. Tiempo propicio para recordar, para dar gracias, para volver a soñar. Y digo soñar, porque con un sueño llegó Don Orione. Para entender este siglo de vida orionita puede ser útil dividirlo en tres etapas, aun sabiendo que toda división es un tanto arbitraria. La primera es fundacional, desde la llegada de Don Orione hasta su muerte. La segunda, de consolidación, comprende los 40 años siguientes hasta su beatificación, La tercera, de expansión, desde 1980 a nuestros días.

Etapa fundacional: 1921-1940

Está dominada por la presencia de Don Orione. No viene a Argentina porque no tenía nada que hacer en Italia, sino porque desde joven arde en su pecho el deseo de llenar el mundo con la caridad de Cristo. Como cualquier inmigrante que se apoyaba en algún pariente que lo invitaba, Don Orione tiene al P. Maurilio Silvani, un antiguo alumno, que entonces prestaba sus servicios en la Nunciatura papal y le insistía que viviera. Todo lo demás era pura confianza en la Divina Providencia. Partiendo de la primera casa de Victoria crea de la nada, un mundo de caridad con el Cottolengo y varias obras más. La sociedad argentina lo recibe como un santo, le abre el corazón y le responde con el bolsillo. Su coraje fue siempre superior a las fuerzas con que contaba: con un manojo de religiosos y religiosas valientes hizo numerosas fundaciones en Argentina, Uruguay, Brasil y puso las bases para la presencia en Chile.

Etapa de consolidación: 1940-1980

Los hijos e hijas de Don Orione van reafirmando su espíritu y abren en el interior nuevas obras de caridad como Cottolengos y escuelas. Las dos Congregaciones, masculina y femenina, reciben oficialmente la aprobación de la Iglesia, se nutren de vocaciones locales que ayudan y van reemplazando a los misioneros venidos de Europa. El Concilio le da un nuevo rostro a la Iglesia. Así llegamos a 1980 con la Obra Don Orione consolidada y con el Fundador beatificado.

Etapa de maduración: 1980-2020

A partir de la beatificación, surgió un nuevo impulso por conocer y apropiarnos de su herencia espiritual, más aún porque iban desapareciendo los testigos de la generación que lo había conocido. Fruto de ello será la revisión de las Constituciones que rigen nuestra vida religiosa, ligándonos al carisma del Fundador, con el cuarto voto: “de especial fidelidad al Papa” para los religiosos, “de caridad” para las Hermanas. La primera venida del corazón de Don Orione, que en 1984 peregrinó por todas las casas, fue un acontecimiento espiritual extraordinario, una verdadera misión orionita, que culmina con el Jubileo del año 2000, en que unos 400 jóvenes van a buscar la reliquia para cumplir su promesa: “Vivo o muerto volveré”. Hubo en esos años un reverdecer de la pastoral juvenil con una notable respuesta vocacional en ambas congregaciones. Aunque también hubo abandonos, se puede constatar que quienes hoy llevan adelante la animación de nuestras comunidades son los religiosos y religiosas de esa época. La novedad será nuestro aporte misionero: desde Argentina salieron hermanos/as que están en otros países, devolviendo, de alguna manera, lo mucho recibido. El fruto maduro fue el desafío de la canonización: “Lo mirarán a él, nos mirarán a nosotros”.

La primera etapa me la contaron. En la segunda, conocí la congregación y comprendí que el Señor me podía llamar. Pude conocer a los próceres que envió el mismo Fundador: los padres Zanochi, Contardi, Dutto, ya muy ancianos. Admiré el relato de esos tiempos heroicos. Me formé en Argentina, Chile, Italia, fui testigo ignaro de la consolidación. En los últimos 40 años he podido conocer la expansión de la Obra Don Orione en el mundo, gracias a la entrega de mis hermanos.

¿Y ahora qué?

Es un poco difícil responder, más a la edad en que uno se siente más cercano a “memoria y balance” que a imaginar el futuro. De todos modos, me parece que estamos en una meseta, por usar una palabra de moda. Nuestras comunidades trabajan a full, tenemos pocas vocaciones, pero nos multiplicamos sin reservas. La Iglesia aprecia nuestro carisma. Sin embargo, estamos, como todos, aturdidos por el fenómeno de la pandemia que cambió nuestra vida. Nada será como antes, se dice. Cambiaremos el modo de trabajar, estudiar, viajar, hacer pastoral.
¿Será para peor o para mejor? ¡Depende! El Papa Francisco nos guía con vigor y lucidez. Intenta, con palabras y gestos, abrirnos los ojos y el corazón. Estamos en transición a lo nuevo, desconocido. Se me ocurre una imagen que no sé si sabré explicar bien.

Surfear el futuro

Cuando las olas del mar embravecidas azotan la costa, hay momentos de pausa engañosa. Después del golpe impetuoso, el mar agota su empuje, se retira, diluye la espuma. Se aquieta, pero se adivina la turbulencia bajo la calma mentirosa. Y de repente, se encrespa, levanta su cresta aterradora y lanza un embate furioso que arrolla a los desprevenidos y exalta a los que están listos para surfear, casi envueltos en el hueco de la ola, como vuelo rasante de gaviota en libertad. Ahí estamos, creo yo. ¿Qué sucederá? La verdad que no sabemos…
Por de pronto, pienso que es hora de desempolvar algunas consignas orionitas que, en tiempos de calma, podrían parecer retórica exagerada:

“Veo todo un pasado que cae, un infortunio terrible cambiará, tal vez pronto, la cara del mundo... No seamos de esos catastróficos que piensan que el mundo termina mañana. ¡Existe la Providencia! ¡Arrojémonos en el fuego de los tiempos nuevos! Tengamos un coraje muy superior a las fuerzas que sentimos de tener, porque Dios está con nosotros”.

¿Cuándo llegue la hora y ¡es ésta! estaremos listos para surfear el futuro?

 

 

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