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“Un gran aprendizaje”

Un gran aprendizaje

 

Publicado en edición Nº54 de Revista Don Orione / Abril 2012 - A 30 años de la Guerra de Malvinas

 

Alejandro Demoor fue conscripto “clase 62”, y uno de los miles de jóvenes que estuvieron en la guerra de Malvinas. Durante dos meses combatió en Monte Longdon, punto donde se luchó hasta el último día.

Como ex combatiente, tiene sus recuerdos de la guerra. Pero para Alejandro, Malvinas fue -por sobre todo- un deber que sintió debía asumir y una experiencia que le enseñó la importancia del diálogo y el respeto para solucionar cualquier conflicto.

Desde 1984 vive en Mar del Plata. Trabaja actualmente en el área administrativa del Colegio Don Orione. Está casado con Mónica, y tienen tres hijos: Rodrigo, Milagros y David.

Casi toda su vida estuvo ligada a la Obra Don Orione. Cuando su familia se mudó de Capital Federal a Claypole, entró al colegio “San Pio X”. Con los años empezó a colaborar en el Cottolengo. Al terminar el colegio secundario, el P. Adolfo Gigón le ofreció trabajar en el “Cotto”. Empezó en febrero de 1982. Ahí también comienza su relato de Malvinas, que serenamente nos compartió durante casi dos horas.

“Salí de la colimba en noviembre de 1981. Ya estaba de baja cuando en abril de 1982, para Semana Santa, volvía de la parroquia para mi casa y uno de mis hermanos me dice: ‘Te llegó la carta’. Unos días antes, el 2 de abril, cuando mi mamá me despierta para ir al trabajo, me había dicho: ‘Tomaron las Malvinas’. Y le dije: ‘Bueno, preparate’. Y ahí quedó el tema. El día que llegó la carta mi mamá me pregunta qué voy a hacer. Mis padres nos dieron siempre mucha libertad en las decisiones. Ellos eran nuestros espejos, con sus actos. Y yo sabía que mi responsabilidad era ir, me gustase o no, estuviese o no de acuerdo. Y le dije: ‘Voy a ir’”.

Al día siguiente, Alejandro se presentó en el Regimiento 7 de La Plata. “Antes fui al Cottolengo, para hablar con el P. Gigón. Le digo que creo que en algún momento me tocará ir a las Malvinas y si puede darle mi puesto a mi hermano mayor Walter, que se había quedado sin trabajo unos días antes. ‘Al menos hasta que yo vuelva, si Dios quiere que vuelva’, le comenté. Cuando regresamos de Malvinas, al día siguiente fui a misa y al Cottolengo. Los chicos, que me conocían desde hacía mucho, venían, se acercaban. Fue muy emocionante”. Por primera vez en la charla, Alejandro se conmueve. Y continúa: “La Providencia hizo que me viniera a trabajar a Mar del Plata en 1984, y acá me quedé. Siempre vinculado a la Obra Don Orione”.

Le preguntamos cómo le toca en su vida personal el tema Malvinas. “Cuando me daba mucha manija, creo que como le pasa a toda persona te vas embarullando con lo malo, lo negativo, lo feo de esta historia... Pero en lo personal, ahora lo veo como una prueba más. Gracias a Dios, yo vine bien de Malvinas, es decir, no tengo heridas físicas, aunque el tema más complicado es la cabeza. Según lo que siempre contaba mi mamá, el primer mes soñaba mucho y me acuerdo que me costaba hablar del tema, hasta que me largué con mis amigos. Lo fui elaborando y pude darme cuenta de que fue algo más que me tocó vivir, como antes había sufrido la muerte de mi papá y de mi abuelo. Justamente, lo que me enseñaron mis mayores es que la vida sigue, más allá de los golpes y problemas. Por eso, de todas las cosas que Malvinas me hizo aprender sobre la vida, me quedan dos que me marcaron para siempre: no pelearme si puedo hablar con el otro y valorar lo que se tiene”.

Alejandro quiere destacar que en su vida hay una presencia que siempre estuvo en momentos importantes: la el P. Gigón. “Haberme repuesto bien se lo debo particularmente al P. Adolfo, un cura de aquellos, y un gran tipo”. Fue quien lo contuvo y ayudó cuando Alejandro volvió de la guerra. “Me dio tiempo y me apoyó en todo lo que necesité”.

Al momento de recordar qué le dolió luego de Malvinas, Alejandro cambia la expresión de su cara y hasta la voz deja intuir cierta molestia. “Hubo cosas que me indignaron más que dolerme. Estando ya en Mar del Plata, traté de cambiar de trabajo. Una catequista que conocía a mi familia me hace contacto con un banco importante. Me pide que mande una carta; como a los tres meses me llaman y tengo una entrevista en Buenos Aires. Al tiempo me vuelven a llamar desde la sucursal Mar del Plata para otra entrevista. Me preguntan qué clase (año de nacimiento) era y si había hecho el servicio militar, pero no me preguntaron si era ex combatiente. Terminó la entrevista y nunca más me llamaron. Me indignó que no fueran directos y no me dijeran que no me tomaban porque era ex combatiente. Lo mismo me pasó un tiempo después en otra empresa”.

La otra cara de la moneda la experimentó en su familia, con sus amigos y en su trabajo en la Obra Don Orione. “Con mis hijos, cuando vemos algo en la televisión, me preguntan y hablamos, de una manera muy natural. No soy de dramatizar las cosas. Con mi señora fue igual. Nunca me interesó que me tomen como un héroe. Luego, el tema político, es eso: política, y depende de quien y cómo dice las cosas. Es cierto que diferentes gobiernos nos hicieron reconocimientos que implicaron mejoras económicas, pero no sé si no es algo para afuera. Por ahí es un prejuicio mío. Obviamente que la parte económica me sirve. Si no dijera eso sería un hipócrita. Pero me interesa lo que sale del corazón, la gente que me conoce de toda la vida y me respeta más allá de ser ex combatiente, y cuando me preguntan algo de Malvinas lo hacen con todo respeto. Creo que cuando se opina desde afuera hay que hacerlo con respeto. El tema no fue motivo de conflicto con otras personas. Y si percibiera algo así, me corro de ese lugar. También el círculo en el que me muevo por mi trabajo en la Obra Don Orione hizo que me hayan tratado con mucho respeto”.

Quisimos saber si para Alejandro la fecha tiene un significado especial. “Nada en particular, pero por supuesto que aparecen recuerdos”. Le preguntamos si quería compartir alguno en especial. “Cuando volvimos al regimiento en La Plata, el mismo del cual habíamos partido, todo era un lío y afuera había mucha gente esperándonos. Yo salí del regimiento y mientras voy caminando veo a uno de mis hermanos que me grita desde arriba de un árbol. Nos abrazamos, seguimos caminando y veo que de frente vienen una señora y una nena. La nena se para adelante mío y me dice: ¿’Te puedo dar un beso?’. Ahí aflojé, quizás porque empecé a tomar conciencia de que en Malvinas no estuvimos solos”, dice Alejandro mirando por la ventana del café en el que estamos conversando. Lo notamos conmovido por segunda vez durante su relato.

Vuelve con su mirada desde algún lugar que solo él conoce y retoma la charla: “Claro que desde entonces la historia ha ido cambiando y los años nos ayudan a mirar las cosas con otra perspectiva. Y para mí, en lo personal, Malvinas resulta, finalmente, un gran aprendizaje para la vida: que de todo, aún de lo peor, se puede sacar algo positivo. También pude darme cuenta que la disputa y el conflicto no pueden ser moneda corriente, porque todo se puede solucionar hablando”.

Ya casi nos tenemos que ir. Alejandro debe pasar a buscar a su hijo mayor por el club donde practica tenis de mesa como parte de una terapia física. Pero antes hay un par de minutos para quecierre la historia, igual que como la empezó: serenamente. “La oración me ayudó mucho, como las enseñanzas de mis viejos. Quizás por eso no tengo rencor y Malvinas fue -y es- una experiencia importante, no una más. Pero la vida seguía, y sigue. Gracias a Dios, estoy bien, tengo mi familia, pude trabajar. Al estar tan cerca de perder todo, realmente empezás a valorar lo que tenés, lo verdaderamente importante para tu vida”.

Informe: Alberto Pelagallo

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