Bajo el refugio de la Divina Providencia

Bajo el refugio de  la Divina Providencia 00

 

Por Germán Cornejo para Revista Don Orione

Natalie llegó a Mendoza junto a su marido George escapando de la guerra que aflige a Siria. Viajaron hacia Argentina con la promesa de trabajar y estudiar como lo hacían en su ciudad, Alepo. Aquí se encontraron con la Providencia expresada por una comunidad de brazos extendidos y puertas abiertas.

Natalie Dakkak (24) y George Marta (28) vivían en la ciudad de Alepo, Siria, sin mayores sobresaltos. Se conocieron en 2013 y decidieron casarse el 8 de mayo de 2016. George se recibió de abogado y Natalie, después de completar su profesorado en Educación Inicial con especialización en Lenguaje de Señas para niños sordomudos, empezó a estudiar Economía en la Universidad su ciudad.

Un tiempo antes, en 2011, ya había comenzado una guerra civil en la que después ingresaron otros países, diezmando poco a poco distintas ciudades y el país entero. Si bien en las zonas más céntricas continuaban su vida rutinaria, no estaban exentos de peligros. Alepo es la segunda ciudad más importante después de la capital, Damasco, por ser el corazón financiero de Siria.

De repente, todo se precipitó. A George lo llamaron para unirse a combatir en el Servicio Militar y un misil afectó gravemente la universidad donde estudiaba Natalie. “Estábamos en peligro porque los terroristas ponen bombas en cualquier momento y en cualquier lugar. Todas las navidades y todas las pascuas ellos tiran bombas contra las iglesias”, recuerda Natalie.

Al mismo tiempo, conocieron a un sacerdote salesiano argentino por un amigo en común que les ofreció la oportunidad de viajar a Mendoza para afincarse. Recuerda Natalie que “el P. David nos dijo que nos había conseguido un lugar para vivir, continuar con nuestros estudios y trabajar. Él fue muy cordial y trató de ayudarnos. Sin embargo, lamentablemente nada de lo que nos dijo era lo que encontramos al llegar”.

En la Pascua de este año fueron invitados a almorzar por la familia Weiman, donde también había sido invitado el P. Cristian Ducloux, de la comunidad orionita de Godoy Cruz. “Me contaron que estaban viviendo en una piecita con personas de otros países y como Natalie es profesora para niños sordomudos le ofrecí venir a trabajar en nuestro colegio”, recuerda el sacerdote orionita que es el “padre” (como le gusta que lo llamen) y responsable del Colegio Valentín Bonetti.

Barajar y dar de nuevo

Natalie cuenta que fue emocionada y expectante el primer día al colegio. “En Siria trabajé dos años en una escuela para niños sordomudos pero cuando llegué a la escuela vimos que el lenguaje de señas es internacional pero no universal –relata– entonces el P. Cristian me ofreció la posibilidad de trabajar como asistente en la biblioteca para ir aprendiendo el español e incorporarme como docente en un futuro”.

Su llegada significó un gran cambio para ella y su marido –que también consiguió trabajo en un supermercado– pero también para toda la comunidad educativa. “Estamos todos muy contentos de tenerla con nosotros porque es encantadora y es muy enriquecedor ver cómo se esfuerza y pone una voluntad que es muy admirable”, asegura la profesora de inglés, Gabriela Peccinetti, quien también oficia de traductora.

La hospitalidad es un rasgo distintivo del carisma de San Luis Orione, quien vivió en carne propia el dolor de dejar su patria y el gozo de encontrar nuevos hermanos en tierras lejanas. “Todos son muy amables, muy dispuestos y quieren ayudar. Espero que en octubre vengan también mis padres. Aquí encontré mi segunda familia”, sonríe Natalie.

 

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