Nuevo aniversario de la muerte de Don Orione

Un 12 de marzo

“¡Pobre sotana mía…! ¡No da más: como mi propia vida…!” decía Don Orione días antes de su muerte.  La Familia Orionita recuerda con devoción el paso a la eternidad de quien vivió y murió entre los pobres.

Alguna vez Don Orione había confesado que, estando en la Argentina, “a veces había encomendado mi alma a Dios por unas molestias cardíacas que me hacían revolver en la cama por horas y horas, sin darme tregua. Pero bueno, hombre, que no somos más que muchachos de 62 años: y si la hermana muerte llama a nuestras puertas, le abrimos y hacemos fiesta, que ya hemos vivido bastante.”

La “hermana muerte” pareció llegar el 1º de abril de 1939, mientras estaba iniciando una nueva escuela profesional, a pocos kilómetros de Tortona, en Alessandria. Pero a la semana siguiente estaba otra vez en pie, expresando con una sonrisa “He resucitado. ¡Ave María, y adelante!”.

Entonces, Trató de tranquilizar a todo el mundo, pero casi un año después, en la madrugada del 9 de febrero de 1940, su vida pendía otra vez de un hilo: pidió la comunión y la unción de los enfermos, que entonces se daba sólo a los moribundos. Pero también esa vez logró salir lentamente de la crisis y todos suspiraban de alivio.

Reanudó sin más su trabajo normal, y a Don Sterpi, quien le sugería reposo absoluto, le hizo decir: “Renuncio a la salud, a la vida; pero hasta el último aliento quiero cumplir con mi deber”.

Y a menudo repetía: “Quiero morir en el surco: con la mirada en el cielo y trabajando.” Ese mes sería de continuos altibajos; se las ingeniaba para poder celebrar misa, pese a su estado delicado e inestable.

El 6 de marzo comenzaba a despedirse, porque los médicos lo querían mandar a San Remo. Mientras hacía las valijas, contemplaba su pobre sotana: “¡Pobre sotana mía…! ¡No da más: como mi propia vida…!”.     

Hacía diez años que no iba a San Remo, y no le gusta la idea de ir allí; ese nombre le sonaba a frivolidad, lujo, mundanidad; aunque allí hubiese un instituto suyo, el San Rómulo.

El día antes de su partida a esa ciudad, el 8 de marzo, fue a dar las buenas noches a sus religiosos por última vez y, suavemente, protestaría: “No es entre las palmas que yo quiero vivir y morir; sino entre los pobres, que son el mismo Jesucristo.”

Habló de sus religiosos polacos envueltos en la guerra, de las casas de América Latina, de las tres grandes “madres” de los Hijos de la Divina Providencia: María, La Iglesia, la Congregación; de ser fieles a Dios y a la vocación; y concluye: “¡Adiós, hijos míos queridos, hasta siempre!”
Antes de emprender el viaje, le dirá a un sacerdote: “Quiero confesarme: una confesión en preparación a la muerte.”

“¡Jesús, Jesús, Jesús….!”

En Villa Santa Clotilde, de San Remo, fueron tres días de oración y trabajo: preparó una nueva expedición de misioneros a América Latina, escribió cartas, envió telegramas -entre otros, un hermoso telegrama al Papa Pío XII, al cumplirse el primer año de su elección papal-, y recibió constantes visitas.

El mismo 12 de marzo recibió al P. Terenzi, párroco del Santuario del Divino Amor, en Roma, y le ayudó en misa como un simple monaguillo. Al caer la noche, despidiéndolo, le escribió en una tarjeta postal: “¡Ave María y adelante!”.

Antes de cenar, rezó el rosario y otras oraciones junto con su enfermero.

A las diez de la noche, lo llamaron por teléfono desde Roma;  era la voz Aquiles Malcovati, hombre de negocios y también político dedicado ya por entero a las obras de bien.  “Padre, hay una pobre mujer enferma, abandonada por todos..., necesita ayuda”. Ante el pedido, Don Orione responde “Está bien, querido amigo. Llévela de inmediato a Génova; yo me encargaré de avisarles.” Así, a menos de una hora de su muerte, este fue su último 'sí' a los hombres.

Al rato su respiración entrecortada apenas le daban fuerzas para llamar. Acudieron el hermano enfermero y una religiosa, quienes llamaron al médico, pero la enfermedad hizo crisis.

Como respondiendo a la invitación bíblica (“Ya viene el esposo (el Señor) salgan a su encuentro”), repetió débilmente con su último hilo de voz: “Jesús… Jesús… ya voy”. Así reclinó su cabeza sobre el pecho del hermano enfermero, en la paz de Dios.

 

 

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