Con calor de amistad y aroma de Providencia

Con calor de amistad y aroma de Providencia 02

Publicada en Revista Don Orione #76 - Descargala gratis

(11/08/2019) En Godoy Cruz, Rosario y Claypole los jóvenes orionitas recorren las calles, los hospitales y las estaciones de tren de sus ciudades para acercar a los desamparados un alimento y su compañía en noches de frío y soledad, a la manera de Don Orione.

Los meses de junio a septiembre en el sur del mundo son los del invierno. Es un tiempo que invita al recogimiento, a permanecer en el calor de los hogares y el resguardo de la seguridad de la propia casa. También es un tiempo que interpela personas y comunidades a no quedarse en la indiferencia.
En dos de las principales ciudades argentinas, Mendoza y Rosario, san Luis Orione dejó a sus sacerdotes para hacer comunidades de la Divina Providencia, al igual que en Claypole, donde puso la piedra fundamental del Pequeño Cottolengo Argentino y dio a la localidad un sello indeleble.
Los jóvenes orionitas de esos tres lugares no quedan indiferentes ante la intemperie que padecen hoy tantas personas y familias. Al contrario, siguiendo el ejemplo del Fundador salen a su encuentro como el “buen samaritano”.

Fiesta, solidaridad y café

El 16 de cada mes, en referencia al día de san Luis Orione que la Iglesia celebra el 16 de mayo, en el Colegio P. Valentín Bonetti de Godoy Cruz, Mendoza, hay fiesta, solidaridad y ¡café!
“Nos juntamos alrededor de las 20 horas en la hospedería que tiene el colegio y, luego de la cena, compartimos una catequesis, juegos y alguna actividad recreativa”, relata Joaquín Vega (19), uno de los integrantes del Grupo de Servidores de ese colegio, para el cual se anotan los alumnos de primero a quinto año y desde el cual van desarrollando actividades comunitarias y solidarias.
Al igual que Joaquín, Facundo Pérez (20) es exalumno del colegio. Actualmente es preceptor y coordina la Pastoral de la Secundaria. Juntos llevan adelante la actividad bajo el lema “Tu Jesús más cercano”, que consiste en llevar bien temprano una taza de café caliente a distintas personas: a las mamás y papás de los chicos, a los docentes y toda la comunidad orionita que se nuclea en esa manzana mendocina: la parroquia Nuestra Señora del Carmen y el Hogar Don Orione.
“A las 23 horas, que es cuando las guardias comienzan a atender más gente, visitamos a las personas que concurren a los hospitales Notti, Del Carmen y Lagomaggiore”, cuenta Facundo y aclara que en ese último duerme mucha gente que se encuentra en situación de calle.
Junto con ellos va el P. Cristian Ducloux, que los acompaña como animador pastoral y señala que “el Grupo de los Servidores, al igual que los demás ámbitos donde los chicos desarrollan su propia vocación al servicio de los demás, son ámbitos complementarios de la evangelización escolar y áulica porque lo ponen en práctica”. Y enfatiza que la misma dinámica se da con los grupos parroquiales y los voluntarios del Hogar, con quienes comparten momentos y lugares en sus tareas solidarias.
Los chicos hablan del servicio que realizan con el cafecito y se les ilumina el rostro. “Lo que más me marca de esta experiencia es poder descubrir a Jesús en el hermano cercano: el hecho de pararse para saludarlo y darle un café de bienvenida es algo que te llena el corazón”, sonríe Facundo.

Noches de la caridad en Rosario

A la vera del río Paraná, el frío recrudece por la humedad y cala los huesos. Para las personas que duermen en la calle, el cartón y las mantas poco los pueden ayudar. Por eso, los alumnos de cuarto y quinto año del Colegio Mons. Juan Agustín Boneo no se quedan de brazos cruzados.
Desde 2009 y de manera casi ininterrumpida, cada miércoles se reúnen a las 19 horas para preparar los alimentos que luego reparten en dos recorridos: uno por la calle Córdoba –saliendo desde la Catedral rosarina– y otro desde la Plaza López por la calle Pellegrini. Ambos atraviesan 15 cuadras hasta llegar al Boulevard Oroño. Preparan termos con café, mate cocido, té. Lo hacen en el colegio, en un salón donde pueden calentar agua. Cuando disponen de mercadería, también preparan porciones de comidas. Allí mismo juntan la ropa que reciben de la comunidad.
La presencia sostenida en el tiempo hace que, más allá de la comida caliente o el vaso de café, las personas vayan estableciendo vínculos y afecto. “En la calle te encontrás de todo; sabemos que vamos y tenemos un rato de charla pero respetamos a los que no quieren recibirnos”, cuenta Victoria Díaz (17), que está cursando quinto año y empezó a participar cuando estaba en tercero.
Como animador pastoral del Colegio, el P. Abel Velasco siempre está dispuesto para lo que haga falta. También hace el nexo con la Pastoral Nocturna de la Arquidiócesis de Rosario, que se ocupa de la promoción humana, tramitar los documentos para quienes no los tienen y ayudarles a encontrar trabajo.
“Una vez nos llamó una señora, nos dio un montón de ropa y nos dijo que ella había estado en la calle, así que ahora quería ‘devolver lo que había recibido’… nos dejó sin palabras”, comentan Victoria y su compañero Fabriano Carletti. De hecho, para él lo más impactante de la experiencia es ver cómo las personas que están en situaciones extremas no se quedan sin ayudar a los demás. “Ves cuántas cosas tenés y no valorás, y cómo quienes viven en la calle saben tantas cosas”, reflexiona.

 

Con calor de amistad y aroma de Providencia 02

 

La Carpa Solidaria que alimenta la esperanza

Los jóvenes que concurren al centro barrial del Hogar de Cristo Don Orione de Claypole también salieron al encuentro, posando su mirada en las pibas y pibes en situación de calle. Fue un proyecto que iniciaron ellos, que están rearmando su vida fuera del consumo de sustancias, y al que luego se sumó el resto de la comunidad de la parroquia Sagrado Corazón.
Reunidos en ronda, uno a uno van contado cómo empezaron. “Nosotros nos ocupábamos de conseguir el flete, cargar la carpa y la cocina, armarla cuando llegamos, cocinar y todo”, cuenta Fabián Lara, que estuvo desde el comienzo. En los momentos de mayor despliegue llegaron a servir una merienda de mate cocido y pan, sumada a 200 porciones de comida que repartían en las inmediaciones de tres estaciones del tren Roca: Claypole, Ardigó y Florencio Varela.
Brian González y Agustín Suárez narran que cuando empezaron las recorridas iban a la estación de Florencio Varela llevando 45 porciones y volvían sin nada. “Los días que llovía torrencialmente nosotros armábamos todo igual porque habíamos dado nuestra palabra y sabemos lo que es estar bajo la lluvia; no sabés lo reconfortante que es un plato de guiso cuando hace frío”, remarca Fabián. “La gente nos estaba esperando”, coinciden Agustín y Brian.
Mariela Azula es una jóven que también formó parte del grupo inicial y recuerda que “tenía que gritar llamando la atención para que la gente se acercara, o le preguntaba a los vendedores ambulantes si habían visto gente que necesitaba, así nos quedábamos sin nada”. Sebastián Correa asiente y valora la sensación de volver a encontrarse con los compañeros en la Carpa después de haber repartido todo. Luego de un silencio, acota: “Estar en la calle es lo peor, ves sufrimiento, golpes, alcohol… creo que nosotros devolvimos algo de lo bueno que nos dieron… Lo más lindo que me pasó estando en la Carpa fue entregarle la bandeja a la gente mayor, que te miren a la cara y que te digan ‘gracias’... Te los querías llevar a tu casa”.
De imprevisto, Martín Seijas corta la emoción con un chiste: “A donde los ibas a llevar si no tenías casa”. Y explotó la carcajada. Con esa picardía Martín estaba pintando a estos jóvenes orionitas de cuerpo entero: “Nosotros estábamos ayudando a los que estaban en la misma situación que nosotros, no es que nosotros estuviéramos en una situación económica o emocional ‘allá arriba’; cuando empecé a ayudar yo todavía estaba en consumo y dormía en la estación de Claypole”, revela.
Estas son solo algunas de las historias de las comunidades orionitas donde se vive la pasión por hacer el bien buscando honrar las palabras del Papa Francisco, que en el número 49 de su encíclica La alegría del Evangelio nos interpela: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades”. Casi como aquellas otras palabras dichas varias décadas antes por Don Orione: “Tenemos que ser santos, pero no tales que nuestra santidad pertenezca sólo al culto de los fieles o quede sólo en la Iglesia, sino que trascienda y proyecte sobre la sociedad tanto esplendor de luz, tanta vida de amor a Dios y a los hombres que más que ser santos de la Iglesia seamos santos del pueblo y de la salvación social”.

 

Un cafecito con mil historias

Cientos o quizás miles de personas disfrutaron junto a Don Orione de un aromático y reconfortante café. Y seguramente cada encuentro dio lugar a un nuevo relato, porque en cada sorbo también iba el toque de este barista del Espíritu Santo.
Como aquella vez que se le presentó una señora muy preocupada. Le contó que su familia estaba amargada y convulsionada por odios y rencores mutuos. O la otra ocasión en que notó la ausencia de los hombres en su parroquia y encontró en el ristretto una perfecta excusa para invitarlos a la “Confesión y café”.
¿Querés sabér cómo terminan estas historias?

Entrá en www.donorione.org.ar/cafecito

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