"La persona con discapacidad revela esa humanidad donde acontece la vida"

2019 Teozip interior

(1.11.2019) Pauli Aguirre tiene 36 años y reside en el Cottolengo Don Orione de Claypole desde que tenía siete. Una mirada apresurada sobre ella y su discapacidad en la comunicación verbal sería un motivo suficiente para suponer que jamás sería capaz de brindar enseñanzas sobre antropología filosófica frente a un nutrido grupo de personas. Pero así fue.

Carolina Casuscelli también tiene 36 años y llegó hace 10 al Cottolengo Don Orione de Claypole para realizar una experiencia de voluntariado. En aquella época, era una joven siempre dispuesta a hablar pero cuando conoció a Pauli se quedó sin palabras. Al mismo tiempo, Pauli -siempre bamboleante- quedó inmóvil.

Juntas, Pauli y Caro iluminaron con su testimonio una jornada del ciclo TeoZip que giraba en torno a la pregunta: "¿Qué es 'lo humano' del ser humano?".

 

"TeoZip" (https://teo-zip.webs.com/) es un espacio de encuentro para jóvenes en edad universitaria del Arzobispado de Buenos Aires coordinados por el P. Juan Martín André que buscan profundizar su vida de fe desde la dimensión intelectual. Las charlas se llevan a cabo en el Auditorio Don Orione, ubicado en Carlos Pellegrini 1441 (CABA).

 

A continuación, ofrecemos la transcripción completa:

Somos Pauli y Caro. Nos invitaron a compartirles nuestra historia y nuestra experiencia para iluminar esta pregunta que nos convoca: “¿Qué es lo humano en el ser humano?”.

Para mí, la presencia de Pauli acá –sólo su presencia– tiene toda la respuesta. Ella tira besos… [se escuchan los besos].

Antes de contarles concretamente quiénes somos y cómo nos conocimos, pensé en poder empezar con una pregunta que me hicieron en algún momento a mí, que me ayudó a empezar a penetrar en esto que para mí es un misterio: ser humano.

Recuerdo que un día, hace muchos años, cuando recién había conocido a Pauli, un sacerdote con quien me encontraba me escuchó durante un rato largo hablar de Pauli, de Pauli, de Pauli… No paraba de hablar de Pauli. Hasta que en un momento me detuvo y muy tranquilo, como si me estuviera diciendo una pregunta de nada, me dijo: “Caro, qué pasaría si vos fueses Pauli”.

Los invito a poder dar un pasito más, que fue lo que Pauli me empezó a invitar. Que podamos mirar a Pauli y que nos sirva como espejito y poder contactar en cada uno de nosotros, ahora, en este momento, esos lugares adentro nuestro que son pequeñitos, que son vulnerables, frágiles, que quizás están atravesando alguna experiencia de dolor, que no se entienden, que no saben, pero que están vivos adentro nuestro. Habitualmente están ocultos. No nos animamos a mostrarnos.

Pauli tiene un don, como siempre digo: el don de no poder ocultarse. Está acá con nosotros, siendo cien por ciento honesta. Entonces, los invito a poder escuchar un poquito nuestra historia partiendo todos desde ahí. Desde esa humanidad en común.

Bueno, les voy a contar un poquito de mí y por dónde venía yo. Después, por dónde venía Pauli y cómo nos encontramos.

Yo soy del interior de Córdoba, de San Francisco. Viví ahí hasta que terminé la secundaria. Durante mi niñez y mi adolescencia tuve una vida normal, dentro de los parámetros de normalidad vigentes. Amigos, familia, mamá, papá, una hermana mayor, escuela, clase media, ninguna situación de vida que pudiera llamar la atención. Y para ser muy simple, sencilla y sintética en esta partecita, lo que más me podía describir a mí era que “era la típica chica 10”. Era brillante un poco en todo. Hoy lo digo como con mucha naturalidad. Era divina. Una hija divina, una amiga divina, me iba excelente en el colegio, era abanderada, iba a la parroquia, solidaria, generosa… era la que recibía todos los aplausos que había. Era “perfectita”. Yo lo vivía naturalmente. [Pauli da una carcajada]. Sí, eso es lo terrible. Yo contaba ese cuentito y me lo re creía. Para mí, naturalmente era así. Para mí, estaba bien eso. Y estaba bien cada día poder ser una mejor versión de mí. Si había algo que no me cerraba, esforzarme mucho para que eso no pasara. Pero bueno, eso era lo que se mostraba y lo que se veía.

Pero por detrás, que eso no se veía bajo ningún aspecto. No había ninguna posibilidad de que eso pudiera ser visto por nada y por nadie, había un mundo interior absolutamente caótico. Estaba totalmente clausurado en mí. Estaba atravesada por mucha tristeza, por mucha exigencia, angustia, frustración… Nunca era suficiente, a pesar de que se veía todo radiante, adentro mío nunca era suficiente. Eso me traía una gran tensión, entre lo que mostraba y lo que realmente era real en mí. Lo vivía con mucha soledad, porque para mí estaba bien mostrar lo lindo. Y lo que no se veía lindo, no había que mostrarlo.

Así funcionaba. Y funcionaba bien. Imaginate que todos me aplaudían por ser buena, por ser excelente alumna. Parece que venía bien la cosa, si recibía la aprobación.
Pero, al mismo tiempo, seguía viviendo esta diferencia adentro mío.

A veces detonaba. Me enfermaba circunstancialmente. Me reestablecía y seguía andando espectacularmente.

A mis 18 años, algo pasó. Hubo algo que se derrumbó. Todo lo que hasta ese momento hacía mucho esfuerzo por no mostrar de mí se puso en el escenario a pleno en un momento. Me preparé para ingresar a medicina. Generalmente, nosotros en el Interior nos vamos a estudiar a la ciudad más cercana. Me fui a Córdoba Capital para ingresar a Medicina. Otra cosa no podía ser que no fuera médica. Era un examen muy exigente, eliminatorio, donde nos inscribimos once mil alumnos e ingresamos noventa. Claramente, yo ingresé. No había chance de que no ingrese. Simplemente, rendí y ya no tengo más explicación.

Todo lo que hasta en ese momento podía controlar en mí, no lo pude controlar más. Empecé a llorar una mañana y no paré más. Simplemente, no pude continuar. [En referencia a Pauli, que comenzó a gatear por el escenario] Ella se pone a gatear por todos lados.

No pude continuar. Yo estaba absolutamente sorprendida de lo que me había pasado. No entendía nada. Era desconocerme absolutamente, porque hasta ese momento yo estaba… Algo frágil en mí, algo que no pudiese, no jugaba en mi vida. En ese momento, no podía hacer nada con eso.

Ahí, a mis 18 años, empecé todo un proceso personal donde me tuve que hacer cargo de lo que me estaba pasando porque no podía continuar como estaba. Me hacía cargo o me hacía cargo. Empecé un proceso personal, de búsqueda, en lo terapéutico, en lo espiritual. Como si fuese un problema a resolver. Yo tenía que volver a poder. Yo tenía que volver a armarme. Yo tenía que volver a ser lo que era. Eso era una cosa absolutamente rota que no calificaba frente a mis parámetros.

Así estuve, durante muchos años, con mucho esfuerzo para poder volver a armarme. Parecía que el escenario se había armado de nuevo. Me fui a otra carrera. Me fui de Córdoba Capital y me vine a vivir a Buenos Aires. Hice muchos movimientos y muchos pasos que me permitieron volver a armar un escenario que más o menos parecía florido.

Pero había algo en mí que volvía a dejar oculto y que yo sentía adentro que algo no estaba bien. No cerraba. Nada me satisfacía. Parece que era una búsqueda sin sentido. Buscar, buscar y no encontrar. Eso sucedió hasta mis 25 años. Fueron siete u ocho años de mucha búsqueda. En lo vocacional… Porque yo pensaba que era “vocacional”… Anduve por todos lados.

Estaba muy cansada. Me decía: “Dale, está mal hecha”, “¿Qué pasa?”. Estaba enojada conmigo. Estaba cansada. Y veía que cronológicamente otros iban armando y encontrando. Y parecían sentirse bien, plenos, en lo que iban armando. Y yo… Era un signo de interrogación.

Así fue que a mis 25 años decido, ya más conscientemente, volver a desarmar el escenario. Esta vez no fue que la vida me sacó de juego y me noqueó sino que yo dije: “Desarmemos de nuevo este escenario florido”. Era un escenario exitoso, podía seguir creciendo profesionalmente, había llegado al lugar que había buscado y querido. Todo. Pero me volví a bajar del trencito porque vi que se había vuelto a armar de nuevo, de otra manera, la misma dinámica.

Con el sacerdote que charlaba en aquel momento –otro distinto al que me hizo la primera pregunta– le dije que me quería ir a hacer una experiencia de voluntariado. Tenía que moverme de mi casa. Iba a renunciar a mi trabajo. Me quería ir. Ya estaba viviendo en Buenos Aires hacía bastante.

Así fue como me fui a vivir un tiempo al Cottolengo Don Orione de Claypole. Es importante decirles que yo no tuve ninguna intención de dirigirme al Cottolengo Don Orione de Claypole. Simplemente, fui. Habían surgido muchas opciones. Encajó la del Cottolengo y allá fui. Conducida. Sin ninguna intención. Yo no sabía más que buscar ni dónde buscar.

Para quienes no conocen, es una institución donde viven personas con discapacidad. Es bastante grande. Allí residen 380 personas que están organizadas en hogarcitos. A mí me destinaron al hogar Brian Mujeres donde vivía Pauli.

Ahí me detengo un poquito para contarles sobre Pauli, cómo llegó al hogar y cómo nos encontramos.

¿Qué sabemos de Paula Aguirre? ¿Qué vamos a contar de vos, Pauli?

No hay mucha información sobre la historia de Pauli. Sabemos que nació en Capital Federal. Es porteña. Nació en un hospital público de la Ciudad de Buenos Aires. No sabemos qué pasó con su mamá, con su papá ni con sus familiares. No hay referencias de nadie de su familia. De ahí, del hospital, fue directamente a la Casa Cuna. Nació un 24 de diciembre, como regalito de Navidad.

La Casa Cuna tenía los niños hasta los siete años, así que la Pauli estuvo ahí hasta esa edad. En 1989 la derivaron al Cottolengo Don Orione, al hogar Brian Mujeres. Vive ahí, en el Brian Mujeres desde sus siete años.

Yo la conocí cuando tenía 26 años. Tenemos la misma edad. Somos igualitas en edad. Así nos conocimos. Yo llegué al hogar y ahí estaba la Pauli, viviendo con 30 chicas más.

Debo reconocer que cuando llegué al hogar y la vi a Pauli, estaba en un lugar particular. Era un pasillo de paso habitual. Pasaba bastante tiempo en la cama pero cuando estaba levantada, estaba ahí, en ese pasillo. No era para nada amigable. No me surgió ninguna iniciativa para acercarme a ella. Estaba en su silla de ruedas, impactándose muchísimo contra su silla de ruedas. Tenía un movimiento muy fuerte y muy violento. Parecía que su silla de ruedas se iba a dar vuelta de la fuerza que tenía. Se pegaba mucho en la cabeza. Muy fuerte. Por este movimiento que hacía, era necesario tener amarrada su silla a un barral de la pared, porque si no, su silla tenía vida propia.

Entonces, ahí estaba la Pauli, así como la represento. Grandota y muy seria. Ahora está más simpática. Desde su lugar, intentaba todo el tiempo extender sus mano s… Yo digo que tiene como una prolongación porque se le alargan para atrapar. Intentaba atrapar a todos los que le pasaban cerca. Era un lugar de paso. Yo le digo “brazos tentacularios”, parece un pulpo agarrando gente.

Todos ya la conocían. Sabían cómo zafar o cómo pasarle lejos.

Cuando yo llegué, nuevita, le pasé cerca la primera mañana. ¡Zas! Me atrapó, como digo yo, con esta mano que tiene una fuerza importante. Me atrapó y me llevó cerca de ella. Lo único que pude notar es que cuando ella logró retenerme se serenó y quedó quietita. Era una cosa incontrolable de movimientos… Cuando me retuvo y me apoyó contra ella, con toda su fuerza, se serenó.

Ahí ya no tengo mucha más explicación de qué me pasó. Simplemente, algo se despertó en mí en ese momento. Yo empecé a tener ganas de pasar tiempo con Pauli. Era re copado todo el hogar, todas las chicas. Había un montón de cosas para hacer desde las seis de la mañana. El hogar tiene una intensidad heavy. Todas demandan algo pero yo quería estar con Pauli.

Me quiero detener un poquito para resaltar la relación como lugar de revelación. A mí, el encuentro humano me reveló todo aquello que yo venía preguntándome. En esta relación que se empezó a dar con Pauli –en esto que yo no entendía qué era lo que me convocaba de Pauli pero que, a la vez, era muy claro que me atraía de ella– me había quemado todos los papeles. Me volaba la cabeza. No entendía. No podía. No podía hacer nada.

¿Qué pasaba ahí? Si para mí, la realización de mi vida o lo que tenía sentido era en lo que yo más podía, más capacidad tenía… ¿Qué pasaba acá? Empecé a desear tanto estar con Pauli y a quererla profundamente, a celebrarla tanto así como era… Yo digo que, de alguna manera, digo que empecé a empezar a creer que capaz yo también podía ser querida, ser aceptada y ser recibida con todo eso que yo no podía mostrar de mí. Eso más humano, más real.

Recuerdo que un día, en una charla como la que hoy estamos compartiendo con ustedes, un chico me preguntó: “Vos, cuando encontraste a Pauli, ¿encontraste lo que buscabas?”. Lo que siempre digo es que encontrar a Pauli me permitió encontrarme. Pauli me puso a la vista y me permitió entrar en relación con todo lo que yo no podía relacionarme de mí. Aprendí a relacionarme conmigo y a relacionándome con ella. Había cosas que en mí nunca cambiaban, capaz había cosas que en mí nunca se entendían. Capaz había cosas en mí que nunca eran suficientes. Y estaba todo bien, ¡porque la pasábamos tan bien juntas! Empezamos a jugar. Empezamos a descubrirnos, a conocernos. A pasar tiempo juntas. A estar juntas.

Me daba cuenta que a Pauli no le importaba nada de lo que yo creía que era importante de mí. No le importaban mis reflexiones sobre la vida, no le importaba si hacía muchos años que buscaba o que no buscaba, si había encontrado o no. Estábamos juntas, así como éramos.

A partir de ahí, lo mismo que pasa en cualquier relación cuando una descubre alguien valioso. Yo empecé a tener ganas que te conozca todo el mundo, Pauli, porque era re copado conocerte. Que la conozca mi familia, mis amigos. Que ella conozca mi casa. Empezamos esta relación de amistad. Para mí fue tan revelador y tan sanador en mi vida… Poder visibilizar todo lo que tiene Pauli para enseñar acerca de humanizarnos.

A veces tenemos tanto miedo –al menos yo tenía tanto miedo– de entrar en contacto con todos esos lugares en mí. Parece que no tienen buena prensa. Estamos atravesados por una cultura donde hay que ser fuerte, hay que poder, hay que ser autónomo.

Pauli nos ancla en un lugar donde la vida es, se siente, se manifiesta, nos atraviesa. Estamos frágiles, vulnerables, necesitados… esa humanidad donde acontece la vida. En la mayoría de nosotros a veces no está a la vista. Está en nuestra intimidad, escondidita.

“Poner la fragilidad en el centro de vivir juntos, es invertir el orden natural de las cosas: es comenzar por confesar una falta y reconocer que el otro, tan frágil como pueda aparecer, es portador de una riqueza única”. Jean Vanier.

TOP