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100 AÑOS - Don Orione: un corazón sin límites para las periferias de hoy

un corazon sin limites para las periferias de hoy

Por Hna. María Jesús Nieva PHMC - Para Los 100 pasos hacia los 100 años

 

Hay una carta de 1898 que nos desvela un poco el misterio del corazón de Don Orione:

Mis reglas ustedes no las conocen, pero ustedes conocen mi vida y el fin por el cual trabajo: nada para mí, todo por Dios y por la Santa Iglesia Romana, y cualquier sacrificio para hacerme santo y salvar y consolar las almas de mis hermanos. Un corazón sin límites porque está dilatado por la caridad de mi Dios Jesús Crucificado (...)1

En esta frase, “un corazón sin límites dilatado por la caridad de Jesucristo” percibimos cómo el otro se transforma en la norma de Don Orione. El encuentro con el rostro doliente del otro hace que las opciones de Don Orione se vayan configurando con las de Jesús. Lo que mueve a Don Orione en todo su obrar es la compasión. El juzgar no le compete a él cuando se trata del dolor del prójimo y esto nos enseña a cuidar el vínculo evangélico entre las heridas del hermano y la suspensión del juicio: ¿quién soy yo para condenar a mi hermano? Hay un lugar más allá de la moral clásica y ese lugar se llama compasión.

Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar

 

El Papa Francisco, en el Nº 24 de Evangelii Gaudium, nos señala algunas acciones precisas que nos resultan bien carismáticas y apropiadas para aplicar a nuestro ser y obrar orionita. Veremos cómo, sobre todo en las tres primeras, Don Orione nos da ejemplo de: primerear, involucrarse, acompañar...

 

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Don Orione en Messina durante el terremoto de 1909

 

- Primerear

En un escrito de 1917, Don Orione expresaba cuál era para él la finalidad del sacerdocio: “Jesús no vino para los justos sino para los pecadores. Por tanto, presérvame, Dios mío, de la funesta ilusión, del engaño diabólico de creer que como sacerdote tengo que ocuparme solamente de los que concurren a la iglesia y a los sacramentos, de las almas fieles y las mujeres piadosas. Mi ministerio sería seguramente más fácil y agradable, pero yo no viviría del espíritu de caridad apostólica hacia las ovejas perdidas que brilla en todo el evangelio. Sólo después de correr en pos de los pecadores hasta quedar agotado -y muerto tres veces-, sólo entonces podré permitirme descansar con los justos. Que nunca olvide que el ministerio que se me ha confiado es ministerio de misericordia, y sepa tener yo para con mis hermanos pecadores un poco de esa caridad infatigable que tantas veces tuviste para con mi alma, oh Dios grande en misericordia”.

Leyendo este texto que emana directamente del pensamiento y del sentir de Don Orione, podemos tomar conciencia de que él era un hombre que supo primerear saliendo al encuentro del otro. Empujado por el amor a Jesús:  busca, actúa y se las ingenia para sanar las llagas más dolorosas.

Uno de tantos ejemplos de este ser y actuar de Don Orione está en los comienzos del Pequeño Cottolengo de Avellaneda. El 2 de julio de 1935, Don Orione acoge a los primeros asistidos en Avellaneda. Al día siguiente escribe una carta a Don Sterpi donde describe la ciudad como un gran centro industrial plagado de obreros y de socialismo y agradece por tener la casa en medio de ese barrio donde ya le rompieron a tiros unos cuantos vidrios de las ventanas. Pero es muy interesante cuando le empieza a contar acerca de los primeros asistidos: “Ya he aceptado en Avellaneda a nuestros primeros patrones, los primeros pobres. Un ex capitán salido de la cárcel, por un grave hecho de sangre, que tiene mi edad y es argentino. Un niño de 10 años, cuyo padre asesinó a la madre y después se suicidó. El pequeño desde hacía dos años vivía perdido por las calles de Buenos Aires, mendigando; fue encontrado por la policía una noche en la calle, medio muerto de frío, (aquí estamos en pleno invierno). Los diarios han hablado del caso y fui a buscarlo a las 11 de la noche a una comisaría que está en los márgenes de la ciudad. Es hijo de españoles. Fue lavado y vestido a nuevo, ahora parece otro, ¡pobre muchacho! No paraba de comer en los primeros días. Tenemos un napolitano con una pierna media abierta… Una mujer protestante, francesa, tan delgada que no pesa más de 35 kilos... Otra que es calabresa, abandonada por los hijos... Deo Gratias!

En estos primeros asistidos del Pequeño Cottolengo, vemos cómo Don Orione primerea haciendo lugar para estas personas que carecían de uno dentro de la sociedad, yendo en búsqueda de los últimos para que recuperen su dignidad de personas.

 

- Involucrarse

Don Orione se involucra cuando parte al terremoto de Messina en 1909 y al de la Mársica en 1915 para colaborar en las tareas de rescate. En esos lugares desarrollará tareas de asistencia recogiendo huérfanos, estableciendo un “Consejo de tutela” con la ayuda de un abogado para salvaguardar el patrimonio de estos niños y niñas, entre otras obras. En cuanto a lo civil participa en el Patronato “Reina Elena”, ente gubernamental integrado por laicos, en su mayoría contrarios a la religión, donde es nombrado Vicepresidente del Subcomité que funciona en Messina; y en lo eclesiástico el 16 de junio de 1909 es nombrado Vicario General de la Arquidiócesis de Messina, cargo que no le ahorra sufrimientos pues es perseguido por la masonería y el mismo clero mesinés que no ve con buenos ojos que un “extranjero” (era de una diócesis del norte) fidelísimo a Roma tenga en sus manos el gobierno de la diócesis.

Cuanto Don Orione hizo en aquellos contextos tiene algo para decirnos también hoy. Nos habla de coraje y de iniciativa, de diálogo con todos y de identidad irrenunciable, del dinamismo del “hacer el bien siempre, el bien a todos, el mal nunca, a nadie”. Su capacidad de andar contra corriente, de sacudir a las personas que lo rodean involucrándolas sin importarle su bandera religiosa o política, su mensaje de caridad concreto, ha incidido e incide sobre la realidad.

Tiene clara conciencia de que su peculiar interpretación del Evangelio es don del Espíritu, pero también es fruto de las urgencias que él percibe en medio de su contexto histórico. Lo que hace es leer la historia humana que le ha tocado vivir, a la luz del seguimiento apasionado de Jesús, por el que vale la pena dejarlo todo e instalarse en la desinstalación más absoluta. Su lectura peculiar del Evangelio lo lleva a implicarse y comprometerse hasta el fondo, lo conduce a esos lugares geográficos, sociales y eclesiales en los que se requiere expresar la novedad del Evangelio de manera radical y profética.

Es esa lectura contextualizada la que va haciendo de él un hombre de frontera. Un hombre que se implica y se complica porque no se ocupa de los “lugares normales”, sino que es especialmente sensible y capaz de detectar aquellas periferias, fronteras y desiertos donde es mayor la urgencia de proclamar y realizar la Buena Noticia. Su vocación no es de retaguardia, sino de vanguardia. Él se convierte en signo de profunda contradicción para todos aquellos que no viven la vida cristiana “al máximo”; con su vida interpela la conciencia de los hombres incluso situados en la periferia o fuera de la Iglesia. Resulta, a veces, molesto y suscita dificultades al encarnar en sí de esta manera el Evangelio. Pero también logra la apertura del corazón de las personas porque posee un don innato de entenderlas, una capacidad de leer en ellas y comprender al otro a través de sus manifestaciones. 

Esto es fruto de una gran caridad entendida como amor a Dios y al prójimo. Sólo quien tiene “entrañas de misericordia” puede penetrar en el corazón de los hombres, comprenderlo, iluminarlo, involucrarse…

 

- Acompañar

Cuando nos involucramos en el andar cotidiano de la gente podemos sentirnos compañeros de camino en esa larga caminata de la vida y de la fe compartida; de las luchas cotidianas, especialmente de los pobres y excluidos. Acompañar procesos humanos, sobre todo necesitados de reconciliación, es hoy una gran tarea misionera. Esto implica saber esperar, saber ser pacientes. 

Acompañar tiene que ver con la caridad, permanecer en el amor. Preparar el corazón para recibir a cualquier persona, no importa cuál haya sido su trayectoria ni cuál será su futuro. Acompañar es tener fe en el otro, en su palabra, en sus sueños, en sus opciones, en su vida. Tener fe cuando aparece la inconsistencia, la precariedad de la palabra dada, la dificultad para ser coherentes. Tener fe aun en medio del pecado. Estar atentos al gesto, a la mirada, a las manos, al silencio...para saber captar lo que las palabras no saben decir y lo que, a veces, no pueden decir.

Don Orione sabe acompañar, de hecho, acompaña a los sacerdotes que han sido sancionados o incluso excomulgados por la Iglesia: Semeria, Buonaiuti, Brizio Casciola, entre otros. Para muchos resulta una sorpresa el conocer cómo Don Orione tuvo contactos con tantos modernistas, conociéndolos personalmente, obrando en el respeto de sus posiciones, asumiendo la carga de sus elecciones personales.

Las historias no se hacen sólo con la mente o con las ideas, sino también con el corazón y con las relaciones. En este acompañamiento, Don Orione se encuentra en el límite entre la obediencia a la Santa Sede y su desmedida caridad pastoral, más bien sobre la línea de fuego entre modernismo y antimodernismo, en una incómoda doble pertenencia, en un difícil equilibrio entre dos fidelidades para él irrenunciables: a la doctrina de la Iglesia y a la caridad hacia los hermanos en profunda dificultad y sufrimiento, los llamados modernistas.

Acompaña los últimos momentos de un clérigo enfermo, en sus bodas de plata sacerdotales. En 1920, celebra sus 25 años de sacerdocio atendiendo hasta su muerte al clérigo Viano, que se encontraba gravemente enfermo, asegurando que “nunca había servido tan sublime y santamente a Dios” en el prójimo y que esa acción era “mucho más grande que todas las obras hechas en los veinticinco años de ministerio sacerdotal”.

 

 

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Don Orione en el Cottolengo de Genova – 1938

 

Un corazón sin límites para las periferias de hoy

 

Un aspecto del corazón sin límites de Don Orione fue, sin dudas, la creación del Pequeño Cottolengo “abierto a todos aquellos que el mundo rechaza”, y que no encuentran otro refugio. Por esto hospedaba, con una sorprendente convivencia, a huérfanos, ancianos abandonados o desadaptados por distintos problemas, personas fuera de toda posibilidad de ser fichadas, sin categoría, fuera de cualquier institución. También hoy hay personas o grupos enteros de personas que están fuera, no son idóneas o no tienen un lugar para la inserción en ciertas instituciones.

¿Tenemos nosotros espacio para estas personas? ¿Con qué tipo de acogida podemos contar para ellas y seguir teniendo “abierta la puerta del Pequeño Cottolengo” adaptándolas a las periferias de hoy?

Otro aspecto particularmente sugestivo y profundamente humano de Don Orione fue su capacidad de afrontar, con gran comprensión y serenidad, junto a las miserias físicas, también los abismos morales que se le presentaban cada día en el ejercicio de su ministerio.

Por eso, como hijos suyos, nosotros debemos estar siempre en primera fila en la denuncia de las injusticias y en el hacernos voz de los maltratados, haciéndoles sentir que tienen a su lado no un burócrata o un funcionario, sino un hermano que los ama con el calor de un corazón amigo y fraterno, sin límites.

En definitiva, nos toca a nosotros, sus hijos e hijas, abrir nuestros corazones y nuestras manos para continuar su legado siendo "profetas de la caridad ante los nuevos desafíos" de este tiempo, que es el nuestro.

 

 

1 - El texto es de septiembre de 1898. Don Orione da información al aspirante David Sasso, de Basaluzzo, cuya madre quería saber dónde y con quién su hijo quería ir siendo aún poco conocida la naciente Congregación. Scritti 102, 32.

 

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Don Orione en Buenos Aires, junto a quien citaría en un escrito como su pequeño amigo “chiquito ciego” en 1936

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