
(03/08/2026) En el marco de la emotiva celebración por los 50 años de la llegada de la Pequeña Obra de la Divina Providencia a tierra guaraní, el Superior General de la Congregación, Padre Tarcisio Vieira, ofreció una conmovedora homilía. Durante la Eucaristía jubilar, el P. Tarcisio invitó a toda la comunidad a contemplar el sueño misionero de San Luis Orione, haciendo una memoria agradecida de la historia transcurrida y renovando el compromiso vocacional y evangelizador junto a los más necesitados.
“Somos hijos del sueño”: El mensaje del P. Tarcisio Vieira en los 50 años de Don Orione en Paraguay
Con profunda alegría y gratitud a la Divina Providencia, la Familia Orionita vivió jornadas históricas al conmemorar 50 años de presencia, misión y caridad en Paraguay. Durante la Santa Misa jubilar, el P. Tarcisio Vieira, FDP, Superior General de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, dirigió a la comunidad una emotiva homilía.
A continuación, compartimos el mensaje completo pronunciado por el P. Tarcisio:
Un silencio, profundo y dolorido, inunda el alma del joven Orione en una noche de julio de 1893 (mil ochocientos noventa y tres). Había llegado la orden de cerrar el Oratorio. Poco después, en señal de obediencia incondicional, puso la llave del Oratorio en las manos de la Virgen. Ahora se encontraba en su pequeña habitación. Reza y llora. Llora y reza, recostado en la ventana. Se adormece y sueña.
Ve entonces aparecer a la Virgen con un gran manto azul que se extendía de tal manera que ya no era posible distinguir sus límites. Cubría todo y a todos, hasta el horizonte más lejano: niños, jóvenes, adultos y ancianos, cuyo número se iba multiplicando extraordinariamente; eran cada vez más, de todos los colores, razas, naciones… Y la Virgen se dirige a Luis Orione y se los señala.
“Entendí – escribirá más tarde Don Orione a su obispo, ¡Entendí que el sueño se refería a las misiones! Lo entendí en un momento de oración, como una luz repentina y espléndida que la Virgen me hizo contemplar”.
Es el sueño misionero de Nuestra Señora del Manto Azul. Bastó un poco de paciencia para que, muy pronto, el sueño despertara con tal “hambre y sed de almas” que se puso inmediatamente en camino, buscando el alimento necesario para hacerse realidad.
Algunos años después, el 1º de agosto de 1976 (mil novecientos setenta y seis), el sueño comenzaba a concretarse en el Paraguay, con la entrega de las parroquias de Mayor Martínez, Desmochados y General Díaz al cuidado pastoral de los Hijos de Don Orione.
Para hacerse realidad y, naturalmente, para que el sueño sea verdadero, necesita que alguien crea en él y lo sostenga. Monseñor Bogarín, el padre Ángel Pellizzari, el padre Julián Jara, el padre Luis Cacciutto, el Hermano Eduardo Gomez creyeron y respondieron al llamado: « ¡Aquí estoy!». Y entonces, el sueño comenzó a existir.
Por eso, al contemplar atentamente este sueño, descubrimos que está hecho a nuestra imagen y semejanza, a imagen y semejanza de nuestra disponibilidad y de nuestro entusiasmo. Somos nosotros -cada uno de nosotros quienes podemos hacer que el sueño tome una forma determinada. Somos nosotros quienes imprimimos en él nuestras propias características. El sueño tiene el peso, la estatura y la forma de nuestros deseos y de nuestras respuestas; crece solamente gracias a nuestro entusiasmo y a nuestra entrega.
Nuestro sueño, exteriormente, tiene marcas y heridas. Tiene las heridas humanas de algunas situaciones de infidelidad y de prueba. ¡Pedimos perdón! Pero, sobre todo, nuestro sueño tiene marcas de generosos impulsos de bien, de entrega, de servicio y de caridad. Aún hoy el sueño misionero-carismático sigue vivo. Prueba de ello son los jóvenes que se acercan al corazón de Don Orione, que continúa latiendo en nuestras obras y actividades del Paraguay.
Sin embargo, es necesario proteger el sueño y mantenerlo alejado de todo lo que pueda arruinarlo y empobrecerlo. Sobre todo, debemos preservarlo de la comodidad, de la pereza y de las decisiones egoístas. El sueño no resiste a estos mezquinos impulsos humanos. Solo puede existir cuando se alimenta de generosidad, disponibilidad y fraternidad. No se lo reconoce cuando nos miramos al espejo y vemos reflejada nuestra propia imagen. El sueño se reconoce y existe cuando se encarna y se expresa de esta manera: “Escribiré mi vida con lágrimas y con sangre”.
Hemos venido a Ñeembucú para renovar nuestra adhesión a un sueño histórico. No podemos vivir sin un sueño. Nadie puede vivir plenamente sin un sueño. Ninguna vocación resiste a un desierto sin sueños. Vivir sin un sueño es como no vivir.
Don Orione soñó con el Paraguay y con sus pobres. Visitó esta tierra en sueños y profetizó la presencia de la Congregación en tierras guaraníes. Sus hijos, desde la Argentina, dieron continuidad a su sueño: cruzaron el río para visitar, misionar y anunciar el Evangelio. Hoy, Don Orione es también paraguayo y habla la lengua guaraní. Ejapo mba’eporã tapiaite ha opavavépe!
Queridos hermanos, en Jerusalén nacieron todos los cristianos. En Tortona nacieron todos los orionitas. En Ñeembucú nacieron todos los orionitas paraguayos. Aquí comenzó a tomar forma el sueño guaraní de san Luis Orione.
Nosotros soñamos el sueño de Don Orione; soñando, nos adherimos a él. Soñando yo, soñando vos, soñando nosotros… damos existencia y consistencia al sueño de Don Orione.
¡Don Orione soñó! Mas precisamente, soñó conmigo, soñó con vos, soñó con nosotros… Yo, vos, todos nosotros, estamos allí, bajo el manto azul de la Virgen.
¡Somos hijos del sueño!