El sueño del Cottolengo se inició en Avellaneda

Por P. Facundo Mela fdp

Tras su regreso a la Argentina en octubre de 1934, Don Orione comenzó a abrigar el sueño de abrir el Pequeño Cottolengo Argentino. En los primeros meses de 1935, dio a conocer el espíritu de esta nueva obra de caridad: ofreció una conferencia en Mar del Plata, publicó en el diario católico El Pueblo la carta “El Pequeño Cottolengo Argentino – qué es”, habló por los micrófonos de Radio Callao y el 28 de abril de 1935 bendijo la piedra fundamental del Cottolengo de Claypole.

Al enterarse del proyecto del cottolengo, las Damas Vicentinas le ofrecieron una propiedad en Avellaneda, donde funcionaba un refugio nocturno para hombres. Luego de las tratativas, el 2 de julio de 1935 el Cottolengo de Avellaneda abrió sus puertas. Ese día, las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad se hicieron cargo de la casa y Don Orione recibió a los primeros residentes. Así recordaba la Hna. María Lucia ese momento:

“Hacía solo ocho días que me encontraba en Floresta, Buenos Aires. Don Orione me llamó para que fuera a Carlos Pellegrini con otra Hermana, era el primero de julio de 1935. Al día siguiente puntuales estábamos ahí.

‘Hoy es la fiesta de la Visitación ‒comenzó diciéndonos‒ por lo tanto, quiero dar hoy mismo comienzo al Pequeño Cottolengo Argentino. Este es el día que nos recuerda la caridad del corazón de la Virgen hacia Isabel. ¿Cómo elegir otro día mejor?’ Y luego continuo: ‘Vayan a Avellaneda, ahí comienza nuestra obra’.

Al día siguiente llegó en auto el primer asistido: era un compatriota que se encontraba en el Hospital Italiano. Tenía una pierna en pésimas condiciones, me parece con gangrena.

Lo llevamos arriba Don Orione y yo, mientras él decía ‘¡quién sabe cuántas veces San José Benito Cottolengo habrá llevado en brazos a sus enfermos!’ Y no quiso dejar que lo hiciéramos nosotras.”

Don Orione en Avellaneda, en el Pequeño Cottolengo Argentino con Mons. Camacho y Mons. Viola – 1935

Al día siguiente de la apertura, Don Orione escribió al P. Sterpi, quien estaba a cargo de la Congregación en Italia:

“Ya acepté en Avellaneda a los primeros patrones, los primeros pobres. Un ex capitán que salió de la cárcel por un crimen con derramamiento de sangre, que es de mi edad, argentino. Un niño de 10 años, cuyo padre asesinó a su madre y luego se suicidó. El pequeño desde los dos años vagaba por las calles de Buenos Aires, mendigando, lo encontró la Policía una noche en la calle medio muerto de frio (aquí estamos en pleno invierno). Los diarios hablaron de él y fui a buscarlo cerca de las 11 de la noche a una comisaria de los márgenes de la ciudad. Es hijo de españoles. Lo bañaron, lo cambiaron de nuevo, parece otra persona, ¡pobre chico! No paraba de comer los primeros días. Tenemos un hombre, un napolitano con una pierna medio abierta, está en cama. Una mujer, protestante y francesa, que está tan desnutrida que no llega a pesar 35 kilos, está en cama. Otra que es calabresa, abandonada por los hijos. Hoy ingresa un joven con un retraso; se comienza con él la familia de los ‘buenos hijos’. Deo gratias!

La Divina Providencia no me faltó jamás: hoy tenía necesidad de 500 pesos y me los mandó. Tengo una estatua de la Virgen, a la cual le falta una mano y también el Divino Niño está mutilado; es una devotísima imagen que encontré junto a las donaciones recibidas con las sobras de las casas y enviadas al Cottolengo: me parece poder decir que, con esta imagen que tengo sobre la mesa, la Virgen se dedicará a mandarme cuanto necesito. Con esta imagen bendigo a la gente y parece que la Ssma. Virgen consuela a todos y a muchos les concede gracias, así dice la gente. ¡Bendito sea Dios! Ahora estoy preparando la capilla para el Cottolengo de Avellaneda, que no tiene todavía.”

Como puede apreciarse, la Casa no era un Cottolengo como hoy se entiende, sino que era una casa abierta a todos los sufrimientos: huérfanos, pobres, vagabundos, personas con discapacidad… Así le escribe a su amigo, Mons. Silvani: “En Avellaneda, la Divina Providencia tiene una bella casa, llena de pobres, todos gratis: son los descartados de la sociedad”. 

En septiembre de 1937, estando a la mesa, compartía con sus hijos algunas noticias sobre Argentina y cómo el Cottolengo de Avellaneda había cambiado los corazones:

“En Avellaneda, cerca de Buenos Aires, hay muchos comunistas. Cada tanto hay desórdenes, casi todos los días se asesinan y se matan… Los curas no podían poner un pie en esa zona. No podíamos ir ni de noche ni de día. Luego que se desarrollaron las obras de caridad del Pequeño Cottolengo, las cosas cambiaron… Recibimos sus ancianos, sus huérfanos, cargamos sus dolores y los hicimos un poco nuestros, abrimos un dispensario médico gratuito para los obreros… Y ahora, si vamos de día no solo nos dejan circular, sino que se levantan un poco el sombrero; si vamos de noche y nos reconocen, nos acompañan hasta la puerta. Muchos son comunistas porque fueron empujados por el hambre. Ven a la burguesía que derrocha y que hace una vida de ocio, mientras ellos pasan hambre y entonces se rebelan.”

Don Orione en el patio del Pequeño Cottolengo de Avellaneda – 1935

La filial Avellaneda fue la primera sección del Pequeño Cottolengo Argentino que abría sus puertas para servir a los pobres. Nacía como una casa de caridad en medio de un barrio periférico, muy pobre y violento. Un hogar que recibió todos los dolores, dando paz, pan, techo, educación, fe y amor a quien cruzará su umbral. Un cottolengo urbano para huérfanos, linyeras, pobres, personas con discapacidad, etc. 

La historia del Cottolengo de Avellaneda es la historia de un sueño de amor a Dios y a los pobres, un sueño del fundador que plasmaron amigos, benefactores y muchas generaciones de Hermanas que dedicaron su vida “tocando la carne de Cristo”, como dice el papa Francisco, en los más necesitados.

Los tiempos y las legislaciones han cambiado, pero allí, en Avellaneda, la caridad de Don Orione sigue más viva que nunca, haciendo realidad sus palabras:

“La Puerta del Pequeño Cottolengo Argentino no preguntará a quien la cruce
si tiene un nombre, sino solamente si tiene un dolor.”

Monseñor Pironio celebrando misa en Avelllaneda

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