“Si la hermana muerte llama, le abrimos y hacemos fiesta”

(12/03/2026) Como cada 12 de marzo, la Familia Orionita se detiene para hacer memoria agradecida. Recordamos no solo el fallecimiento, sino el paso a la eternidad del Apóstol de la Caridad. Don Orione no veía el final de la vida como una despedida sombría, sino como un encuentro esperado. Él mismo, con esa picardía santa que lo caracterizaba, supo decir: “No somos más que muchachos de 62 años: y si la hermana muerte llama a nuestras puertas, le abrimos y hacemos fiesta, que ya hemos vivido bastante”.

Un corazón que no sabía de descansos

La salud de Don Orione fue, en sus últimos años, un fiel reflejo de su entrega: desgastada por amor. Tras varios avisos cardíacos en 1939 y principios de 1940, su respuesta ante el pedido de reposo de Don Sterpi fue tajante: “Renuncio a la salud, a la vida; pero hasta el último aliento quiero cumplir con mi deber”. Don Orione deseaba morir “en el surco”, trabajando y con la mirada fija en el cielo. Su sotana, raída y gastada, era el símbolo de su propia existencia: “¡Pobre sotana mía…! ¡No da más: como mi propia vida…!”.

Tres días de entrega en San Remo

Al llegar a Villa Santa Clotilde, en San Remo, lejos de descansar, Don Orione vivió tres días de una intensidad espiritual y apostólica asombrosa. Fueron jornadas de oración profunda y trabajo sin pausas: preparó con entusiasmo una nueva expedición de misioneros hacia América Latina, escribió cartas personales y envió telegramas, destacándose uno muy especial dirigido al Papa Pío XII por el primer aniversario de su elección.

Incluso en su debilidad, su humildad brilló con fuerza. El mismo 12 de marzo recibió al P. Terenzi, párroco del Santuario del Divino Amor, y no dudó en revestirse con la sencillez de un monaguillo para ayudarlo en la misa. Al caer la tarde, al despedirlo, le entregó una tarjeta postal con su lema de vida: “¡Ave María y adelante!”. Antes de la cena, aún encontró fuerzas para rezar el rosario y sus oraciones habituales junto a su enfermero, manteniendo el diálogo con la Virgen hasta el final.

El último “sí” y el encuentro definitivo

Ese 12 de marzo de 1940, cerca de las diez de la noche atendió un último pedido de caridad: una mujer enferma y abandonada necesitaba ayuda. Con su último aliento, dio su último “sí”: “Está bien, querido amigo… yo me encargaré”.

Poco después, su respiración se volvió entrecortada y difícil. El hermano enfermero y una religiosa acudieron de inmediato y llamaron al médico, pero la crisis era irreversible.

Como respondiendo a la invitación bíblica (“Ya viene el esposo (el Señor) salgan a su encuentro”), Don Orione, con un hilo de voz apenas perceptible pero cargado de paz, repitió: “Jesús… Jesús… ya voy”.

En ese instante de gracia, reclinó su cabeza sobre el pecho del hermano enfermero y se entregó definitivamente a los brazos del Padre. Don Orione partía, pero su obra, nacida de ese corazón que no conoció fronteras, se quedaba para siempre entre nosotros.

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