
(31/10/2026) Con una profunda expresión de gratitud y alegría, el Superior General de la Pequeña Obra de la Divina Providencia, P. Tarcísio Vieira, dirigió una carta a toda la Familia Orionita con motivo de la confirmación de la visita del Papa León XIV al Pequeño Cottolengo de Claypole, anunciada para el próximo 9 de noviembre.
Bajo el emotivo lema “¡Deo gratias!”, la misiva no solo comparte el entusiasmo por este acontecimiento histórico —que marcará la primera visita del Pontífice a una casa orionita desde su elección—, sino que propone una profunda reflexión sobre el significado del gesto papal y el modo en que la comunidad está llamada a vivirlo.
Un gesto en el corazón del carisma
En su mensaje, el P. Tarcísio destaca que la presencia del Santo Padre en la “aldea de la caridad” de Claypole coloca en el centro a las personas más frágiles y a quienes se dedican diariamente a su cuidado. Además, subraya la emotiva coincidencia de que este encuentro suceda precisamente allí donde se conserva la reliquia del corazón de San Luis Orione, uniendo una vez más los dos grandes amores del Fundador: el Papa y los pobres.
El Superior General invita a todos los religiosos, laicos, colaboradores y residentes a prepararse espiritualmente con la oración, renovando el compromiso de seguir construyendo una caridad concreta, atenta y familiar.
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Te invitamos a leer y meditar el documento completo escrito por el P. Tarcísio Vieira para profundizar en sus reflexiones y sumarte a la preparación de este día tan especial para toda la familia de Don Orione.
Transcripción del mensaje
Roma, 30 de octubre de 2026
El Papa León XIV visita el Cottolengo de Claypole
Don Orione quería llevar al Papa el corazón de los pobres; ahora es el Papa quien viene a encontrarse con ellos, precisamente junto al corazón del Fundador.
Queridos hermanos:
¡DEO GRATIAS!
No encuentro una expresión más hermosa, más sencilla y más verdadera para manifestar los sentimientos que llenan mi corazón ante la noticia de la visita del Papa León XIV a nuestro Pequeño Cottolengo de Claypole, en las afueras de Buenos Aires (Argentina), el próximo 9 de noviembre. ¡Deo gratias! Es un sentimiento de profunda gratitud, pero también de asombro y emoción ante un acontecimiento tan hermoso y significativo para toda nuestra Familia Religiosa. Sentimos que recibimos un don que supera todas nuestras expectativas y que acogemos con alegría y humildad. Antes incluso de tratar de comprender su significado, sentimos la necesidad de levantar los ojos al Cielo y decir, con el corazón de Don Orione: ¡Gracias, Señor, gracias!
Será la primera visita del Papa León a una casa orionita desde que fue llamado a la Sede de Pedro. Por eso, no es una noticia que concierna solamente a los hermanos de la Provincia Nuestra Señora de la Guardia. Concierne a toda la Pequeña Obra, en cada país donde la Providencia nos ha puesto. Por eso deseo compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el significado de este don y las actitudes con las que, como verdaderos hijos de Don Orione, estamos llamados a vivirlo.
El Papa viene a encontrarse con nuestros pobres
En el programa de una visita apostólica, siempre lleno de encuentros y compromisos, el Santo Padre ha reservado un momento para encontrarse con las personas acogidas en nuestro Cottolengo y con quienes se dedican diariamente a su servicio. Quisiera destacar este aspecto, señalado en el programa oficial de la Santa Sede y retomado con algunos detalles más por Vatican News (21 de septiembre de 2026). El sitio vaticano presenta el Cottolengo de Claypole como una verdadera “aldea de la caridad”, recordando que también Jorge Mario Bergoglio, cuando era arzobispo de Buenos Aires, lo visitó varias veces, apoyando sus iniciativas y actividades. Ahora será el Papa León XIV quien entre en esta casa para encontrarse personalmente con los residentes y los trabajadores.
Es un gesto que nos conmueve y nos llena de gratitud. Pero también es un gesto que merece ser meditado, porque nos habla de nuestra vocación y del significado más profundo de la caridad que Don Orione nos confió.
El Papa León XIV no viene simplemente a visitar una de nuestras grandes obras, a conocer las dimensiones de nuestras instalaciones o a rendir homenaje a la historia de la Congregación. Viene, sobre todo, a encontrarse con personas: hombres y mujeres que viven situaciones de fragilidad, discapacidad o enfermedad y que en nuestras casas deben encontrar no solo asistencia, sino, sobre todo, acogida, respeto, cariño y dignidad.
Esto nos lleva directamente al centro de la intuición de Don Orione. Los Pequeños Cottolengos nacieron de su convicción de que nadie debe sentirse abandonado, de que toda persona, independientemente de su situación, es preciosa a los ojos de Dios y de que la caridad cristiana debe llegar especialmente a quienes corren el riesgo de ser olvidados. Recuerdo sus palabras del 13 de abril de 1935: “El Pequeño Cottolengo mantendrá siempre abierta su puerta a toda clase de miseria moral o material. A los desengañados, a los afligidos de la vida, les dará consuelo y luz de fe (…) en fin, a todos aquellos que, por uno u otro motivo, necesitan asistencia y ayuda, pero no pueden ser recibidos en hospitales o asilos y están verdaderamente abandonados: cualquiera sea su nacionalidad, cualquiera sea su religión, incluso si no tuvieran religión: ¡Dios es Padre de todos!” (Lettere II, 225).
La visita tiene lugar en un momento difícil para la atención de las personas con discapacidad en Argentina. También esto le da un significado particular: el Papa se acerca a quienes son más frágiles y a quienes, cada día, los cuidan con esfuerzo y fidelidad.
Podemos imaginar la alegría de los residentes de Claypole al recibir al Santo Padre. Pero quisiera que, a través de ellos, todos nosotros, en cualquier parte del mundo, nos sintiéramos visitados. El Papa entra simbólicamente en cada uno de nuestros Pequeños Cottolengos, en nuestras casas de acogida, en nuestros espacios de caridad educativa, en las parroquias y en las misiones donde la caridad orionita busca hacerse concreta cada día.
El gesto del Papa, que elige dedicar un momento de su visita a las personas más frágiles y a quienes las cuidan, también nos invita a preguntarnos: en nuestras obras, ¿las personas están verdaderamente en el centro? ¿Nuestras estructuras y actividades logran expresar esa caridad familiar, atenta y personal que deseaba Don Orione? Y, sobre todo, ¿quienes acogemos se sienten realmente amados y considerados parte de nuestra familia?
Es hermoso, a este respecto, releer las palabras con las que Don Orione describía la vida en el Pequeño Cottolengo: “En el Pequeño Cottolengo se vive alegremente: se reza, se trabaja en la medida que lo permiten las fuerzas; se ama a Dios, se ama y se sirve a los pobres. En los abandonados se ve y se sirve a Cristo, con santa alegría. ¿Quién más feliz que nosotros? Y también nuestros queridos pobres viven contentos: no son huéspedes, no son internados, sino que son los dueños, y nosotros sus servidores. ¡Así se sirve al Señor! ¡Qué hermosa es la vida en el Pequeño Cottolengo! Es una sinfonía de oraciones por los bienhechores, de trabajo, de alegría, de cantos y de caridad” (Lettere II, 227).
Estas palabras de Don Orione encuentran una hermosa sintonía en la exhortación apostólica Dilexi te (n. 104), en la que el Papa León XIV nos recuerda que los pobres no son simplemente un problema social, sino “una cuestión familiar”, son “de los nuestros”. Por eso, “la relación con ellos no puede reducirse a una actividad o a una oficina de la Iglesia”. No basta, entonces, ofrecerles un servicio, por muy cualificado que sea: es necesario compartir la vida, dedicar tiempo, escuchar, acompañar y hacer que cada uno se sienta acogido y amado.
Este es precisamente el espíritu de familia que Don Orione quería en sus Pequeños Cottolengos y que estamos llamados a custodiar.
Una historia de afecto y comunión con los Papas
La visita de León XIV se inscribe en una historia muy hermosa que une a Don Orione y a la Congregación con los sucesores de Pedro.
Conocemos el extraordinario amor de nuestro Fundador por el Papa. Para él, la unión con el Sucesor de Pedro no era solamente una cuestión de disciplina eclesiástica, sino una dimensión esencial de su espiritualidad y de su misión. Servir al Papa significaba servir a Cristo y a la Iglesia, contribuyendo, mediante las obras de caridad, a conducir a las personas a la fe y a la comunión eclesial. Dejó escrito: “El amor al Papa es nuestro amor sagrado, es nuestra vocación, es nuestro Credo, es el latido de toda nuestra vida, ¡oh, queridos hijos míos!” (Scritti 49,125).
Este vínculo permaneció vivo también después de la muerte de Don Orione y se manifestó en muchas ocasiones, a través de palabras e intervenciones de los Pontífices, que han recordado numerosas veces la figura del Fundador y el valor de su obra. Por otra parte, la fidelidad al Papa pertenece a nuestra misma identidad carismática, hasta el punto de poder afirmar que “consideramos un altísimo honor vincularnos mediante un voto particular de especial fidelidad al Sumo Pontífice” (Const. 6).
Entre tantas expresiones de esta cercanía recíproca, quisiera recordar aquí algunas visitas de los Papas a nuestras casas, que hoy adquieren un significado especial a la luz del acontecimiento que nos preparamos a vivir en Claypole.
Recuerdo ante todo la visita de Pablo VI a la Iglesia de Todos los Santos, en Roma, el 7 de marzo de 1965, primer domingo de Cuaresma. Fue un acontecimiento histórico para toda la Iglesia: el Papa eligió precisamente esta parroquia nuestra para celebrar la primera misa en italiano según las nuevas disposiciones litúrgicas, marcando una etapa fundamental en la aplicación de la reforma promovida por el Concilio Vaticano II. En la homilía subrayó la importancia de aquella “nueva manera de rezar, de celebrar la Santa Misa”, que permitía a los fieles comprender las palabras de la liturgia y participar más conscientemente en el diálogo con Dios.
Una página inolvidable fue la visita de Juan Pablo II al Pequeño Cottolengo de Génova, el 22 de septiembre de 1985. Para recordar mejor aquel acontecimiento, volví a consultar el número de noviembre de 1985 de nuestro boletín “Don Orione”. Encontré allí una crónica rica en detalles, testimonios y fotografías que transmiten toda la belleza y la intensidad de aquel encuentro.
El Papa llegó al Paverano a las 10.40, procedente del Santuario de la Virgen de la Guardia, en el monte Figogna. En la entrada lo esperaban dos filas de residentes del Cottolengo, aquellos a quienes Don Pensa solía llamar “nuestra aristocracia”. La crónica cuenta que el Papa no tenía apuro: se detenía ante las personas, las acariciaba, a menudo las besaba y dirigía a cada una una mirada llena de ternura.
En un momento quiso subir hasta el cuarto piso para encontrarse en privado con Angela Carta, una mujer que desde hacía treinta y cinco años vivía en una situación de gravísimo sufrimiento, ofreciendo su vida por los sacerdotes. Nadie supo qué se dijeron, pero los presentes observaron que Juan Pablo II, al salir de la habitación, se secaba las lágrimas.
En el discurso dirigido a los residentes, el Papa pronunció palabras que todavía hoy nos conmueven: “Al acercarme a cada uno de ustedes, me inclino con emoción ante su dolor”. Y
añadió, refiriéndose a Don Orione: “Aquí, en verdad, todo habla de él”, recordando que, en 1933, nuestro Padre había abierto personalmente aquella institución para consuelo de los hermanos más pobres y necesitados.
La crónica de aquella visita recogía una expresión especialmente hermosa: “Encuentro de dos amores”. Se refería a los dos grandes amores de Don Orione, el Papa y los pobres, que aquel día se encontraban concretamente en la misma obra de caridad.
Al año siguiente, el 8 de junio de 1986, Juan Pablo II visitó el Centro Don Orione de Monte Mario, en Roma, con ocasión de los Campeonatos Italianos de Deporte para Personas con Discapacidad. También en aquella circunstancia reconoció en nuestra misión un compromiso de promoción humana, solidaridad y superación de la marginación, destacando el espíritu de fidelidad y de total disponibilidad a la Iglesia y al Papa que caracteriza a nuestra Familia Religiosa.
Otra visita para recordar es la de Benedicto XVI al Centro Don Orione de Monte Mario, el 24 de junio de 2010, con motivo de la bendición de la estatua de la “Madonnina”, restaurada después de haber sido dañada por la fuerza del viento. El Papa recordó la historia de la estatua, vinculada al voto hecho por los romanos a la Virgen durante la Segunda Guerra Mundial, y subrayó cómo los orionitas habían unido la devoción mariana al compromiso concreto de la caridad, acogiendo en el Centro a huérfanos y niños mutilados por la guerra. Dirigiéndose a los religiosos, que acababan de concluir el XIII Capítulo General, Benedicto XVI recordó el programa del Fundador: “Solo la caridad salvará al mundo”, animándonos a reavivar el dinamismo espiritual y apostólico de la Congregación. Nos dejó, sobre todo, una indicación preciosa: nuestras obras nunca deben reducirse a mera filantropía, sino que deben ser expresión concreta del amor providente de Dios. Por eso nos invitó a estar, según las palabras de Don Orione, “amasados con la dulcísima caridad de Nuestro Señor”, para poder pasar “de las obras de caridad a la caridad de las obras”.
Cincuenta años después de la visita de Pablo VI, el 7 de marzo de 2015, el Papa Francisco volvió a la parroquia de Todos los Santos, con ocasión del 50.º aniversario de la primera misa en italiano celebrada por su predecesor y del 75.º aniversario de la muerte de san Luis Orione. Después de la celebración eucarística, el Papa se detuvo en el patio parroquial para saludar afectuosamente a la gente. Al recordar la valentía de la Iglesia al iniciar la reforma litúrgica, exhortó a todos con palabras sencillas e incisivas: «Debemos ir siempre adelante, siempre adelante, y quien retrocede se equivoca. ¡Sigamos adelante por este camino!». Una invitación que también podemos sentir dirigida a nuestra Familia Religiosa: avanzar, con el valor de renovarnos, sin perder la fidelidad al carisma y a la misión que Don Orione nos confió.
Antes de concluir este breve recorrido histórico, quisiera volver una vez más al boletín de noviembre de 1985. En el mismo número que narra la visita de Juan Pablo II a Génova, se encuentra también la crónica de la peregrinación de la reliquia del corazón de Don Orione por Argentina, que en aquellos meses suscitaba por todas partes manifestaciones de fe, afecto y gratitud. La reliquia se detuvo también en el Pequeño Cottolengo de Claypole, donde fue venerada especialmente por los residentes. Quince años después, el 29 de agosto de 2000, aquel corazón volvió definitivamente a Claypole, haciendo realidad el deseo expresado por el Fundador: «¡Dejo mi corazón en Argentina, donde espero volver pronto!».
Y ahora, cuarenta y un años después de la visita de Juan Pablo II a Génova, el Papa León vendrá precisamente a Claypole, donde se conserva la reliquia del corazón de Don Orione.
Es una coincidencia que nos invita a contemplar, una vez más, la profunda unidad de los dos grandes amores de nuestro Fundador: el Papa y los pobres. En Génova, el Sucesor de Pedro se inclinaba con emoción ante los pobres; ahora, en Claypole, el Sucesor de Pedro viene a encontrarse con ellos justamente donde se conserva el corazón de quien tanto los amó.
Estos encuentros nos recuerdan que nuestro amor al Papa no puede agotarse en el afecto y la devoción, sino que debe traducirse en una fidelidad eclesial concreta y en la disponibilidad para responder a las necesidades de la Iglesia y de la humanidad.
Don Orione quería que sus obras fueran signos visibles de la maternidad de la Iglesia, capaces de acercar a Cristo incluso a las personas más alejadas. Esta es la responsabilidad que todavía hoy llevamos adelante.
¡Lo mirarán a Él, nos mirarán a nosotros!
Conocemos bien la fuerza de esta expresión que nos dejó Don Roberto Simionato en vísperas de la canonización de Don Orione. Era una invitación a tomar conciencia de que, al contemplar la santidad del Fundador, las personas también nos mirarían a nosotros, sus discípulos, para reconocer en nuestra vida la continuidad de su ejemplo, pero quizá también alguna contradicción entre sus enseñanzas y nuestra manera de vivir.
Esta expresión volvió a mi mente al reflexionar sobre la visita del Papa a una de nuestras obras de caridad. Me parece que hoy podemos retomarla con un nuevo significado: “¡Mirarán al Papa, pero también nos mirarán a nosotros!”.
Sin duda, podemos alegrarnos de que el Santo Padre haya elegido visitar una de nuestras obras. Podemos sentir legítimamente alegría por la visibilidad que este acontecimiento dará al servicio de tantos religiosos, colaboradores y voluntarios que, a menudo en silencio y sin ningún reconocimiento público, dedican su vida a las personas más frágiles.
Pero esta visibilidad implica también una responsabilidad. La visita ya está despertando gran atención en Argentina y seguramente tendrá una amplia repercusión en los medios de comunicación. Las miradas se dirigirán no solo al Santo Padre, sino también a nuestra obra, a nuestra manera de acoger y servir a los pobres, al estilo de nuestra caridad y, en definitiva, a nuestra fidelidad al carisma de Don Orione. Será una hermosa ocasión para dar a conocer nuestra misión, pero también una oportunidad para preguntarnos por la coherencia de nuestro testimonio.
Por eso, creo que la pregunta más importante no es qué representa esta visita para el prestigio de la Congregación, sino más bien: ¿qué quiere decirnos el Señor a través de la presencia del Papa en nuestra casa de Claypole?
Quizá nos invita a redescubrir la sencillez de nuestra vocación, a reconocer el valor de los pequeños gestos cotidianos, a volver a poner en el centro la relación personal con quienes nos han sido confiados. Nos invita a comprobar si, en nuestras obras, la calidad de la asistencia va siempre acompañada de la calidad de las relaciones humanas; si la organización necesaria deja espacio a la cercanía, la escucha y la ternura; si las exigencias administrativas no terminan, a veces, alejándonos de las personas. En la encíclica Magnifica humanitas (n. 114), León XIV nos recuerda que “la calidad de una civilización no se mide por el poder de sus medios, sino por el cuidado que sabe ofrecer”. Es un criterio que interpela también a nuestras obras: la profesionalidad y la buena organización son necesarias, pero nunca deben ocupar el lugar de la relación personal y de la caridad.
Y quizá nos pide también mirar más allá de las obras que ya tenemos. Cuando León XIV atraviese el pórtico del Pequeño Cottolengo de Claypole, llevará consigo, idealmente, también las necesidades y los sufrimientos del mundo: el dolor de quienes viven la guerra, el drama de quienes se ven obligados a abandonar su tierra, la soledad de tantas personas, las nuevas formas de pobreza y exclusión. Entrará en una casa que acoge a los pobres, pero nos recordará que muchos otros todavía esperan ser reconocidos, escuchados y ayudados. Su presencia nos invita, por tanto, a no detenernos en las obras que ya tenemos, sino a mantener los ojos y el corazón abiertos a las nuevas necesidades de la humanidad, para responder con la misma audacia y generosidad de Don Orione.
En el fondo, nuestra preocupación no debe ser quedar bien ante el Papa o ante el mundo, sino ser fieles a Don Orione, incluso cuando nadie nos mira.
¿Qué actitudes vivir ante esta visita?
Quisiera sugerir, en particular, algunas actitudes que puedan acompañarnos en la preparación y, sobre todo, en el tiempo posterior a este encuentro.
Ante todo, la gratitud. Demos gracias al Señor por este don y por la historia de caridad que se nos ha confiado. Demos gracias por los muchos hermanos que nos precedieron, por quienes hoy entregan generosamente su vida en la misión y por los laicos que comparten con nosotros el carisma. Demos gracias también por nuestros pobres, que siguen enseñándonos el significado más auténtico de la gratuidad y del amor.
Después, la humildad. No debemos olvidar que nuestras obras nacieron de la Providencia y pertenecen, ante todo, a los pobres y a la Iglesia. No somos dueños de la caridad, sino sus servidores. Nuestras realizaciones, por importantes que sean, nunca deben convertirse en motivo de autosuficiencia o protagonismo. Ante la visita del Papa, el sentimiento más auténticamente orionita no es el orgullo de mostrar lo que hemos hecho, sino el agradecimiento por lo que el Señor sigue realizando a través de nuestra pobreza.
Además, la comunión eclesial. Nuestra fidelidad al Papa no debe vivirse solamente con palabras afectuosas o manifestaciones exteriores de devoción. Se expresa sobre todo acogiendo su magisterio, compartiendo las preocupaciones de la Iglesia y estando disponibles para colaborar con ella. Amar al Papa, según el espíritu de Don Orione, significa también dejarnos guiar por sus indicaciones, especialmente cuando nos invitan a cambiar nuestra mentalidad y nuestras conductas.
Finalmente, el coraje de renovarnos. Cada visita del Papa trae consigo una gracia y una responsabilidad. No quisiera que, después del 9 de noviembre, todo volviera simplemente a ser como antes. Sería hermoso que cada comunidad y cada obra se preguntaran qué paso concreto pueden dar para hacer más auténtico nuestro testimonio de caridad. A veces no hacen falta grandes proyectos: puede bastar una mayor atención a una persona, un cambio en nuestra manera de acoger, una presencia más significativa de los religiosos junto a los residentes, una nueva iniciativa para llegar a quienes han quedado al margen. Recordemos que hemos prometido llevar “a los pequeños, a los pobres y al pueblo a la Iglesia y al Papa, mediante las obras de caridad”.
La visita a Claypole, un mensaje para toda la Congregación
El Pequeño Cottolengo de Claypole tiene un vínculo particular con la historia de Don Orione y con su amor por Argentina. Es una de las expresiones más significativas de aquella caridad que el Fundador quiso llevar también más allá de las fronteras italianas, confiando en la Divina Providencia.
Por eso, la alegría de los hermanos argentinos será la alegría de toda la Congregación. Deseo expresar desde ahora mi especial cercanía a los religiosos, las religiosas, los colaboradores, los residentes y sus familias, que tendrán la gracia de recibir personalmente al Santo Padre.
Pero quisiera también que ninguno de nosotros se sintiera ajeno a este acontecimiento. La visita nos concierne a todos, porque nos remite a la misma vocación y a la misma responsabilidad carismática.
Invito, por tanto, a todas las comunidades a prepararse espiritualmente con la oración por el Santo Padre y por los frutos de su viaje apostólico. Donde sea posible, que se organice también un momento comunitario para seguir la visita y, después, reflexionar sobre las palabras que León XIV dirigirá a nuestra Familia.
Sobre todo, quisiera que en nuestras casas hubiera espacio para escuchar también a las personas a quienes servimos. Ellas no son solamente destinatarias de la bendición del Papa. Son parte viva de nuestra familia y de su misión. Su experiencia, sus expectativas y su testimonio pueden ayudarnos a comprender mejor el don que estamos recibiendo.
¿Qué quedará después del 9 de noviembre?
Queridos hermanos, de esta visita quedarán sin duda fotografías, imágenes, relatos y recuerdos que conservaremos con cariño. Serán testimonios preciosos de un momento histórico para nuestra Congregación. Pero deseo que permanezca, sobre todo, algo más profundo: una mayor conciencia de la belleza de nuestra vocación y una decisión renovada de vivir la caridad de Cristo según el espíritu de Don Orione.
A este respecto, quisiera compartir con ustedes una singular coincidencia de fechas que me ha impresionado especialmente. El 9 de noviembre de 2009, exactamente diecisiete años antes de la visita prevista de León XIV a Claypole, el entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio grababa un videomensaje destinado a los hermanos reunidos para el Capítulo de la Provincia Nuestra Señora de la Guardia”. Como no podía participar personalmente, quiso manifestar su cercanía a una Congregación que, como él mismo dijo, amaba mucho.
En aquel mensaje, que hoy podemos releer con especial emoción, Bergoglio nos dejó indicaciones muy fuertes sobre nuestra identidad y misión. Nos pedía ir hacia las periferias existenciales, ser una Congregación capaz de salir a la calle y vivir en la pobreza, confiando en la Divina Providencia. Pero, sobre todo, señalaba en los Pequeños Cottolengos “la frontera existencial más concreta de su carisma”. Y añadía palabras que nunca deberíamos olvidar: hay que “perder el tiempo, gastar el tiempo con ellos, porque son la carne de Jesús”.
Resulta realmente conmovedor pensar que, precisamente el 9 de noviembre, diecisiete años después de aquel videomensaje, el Papa León XIV entrará en el Pequeño Cottolengo de Claypole, una casa que hace visible esa frontera de la caridad señalada por Bergoglio. Allí donde se conserva la reliquia del corazón de Don Orione, el Sucesor de Pedro se encontrará con nuestros queridos pobres. Las palabras del futuro Papa Francisco y el gesto de León XIV
parecen así remitirse mutuamente, invitándonos a reconocer en el Cottolengo no solo una gran institución asistencial, sino un corazón palpitante de caridad, donde la presencia de Cristo sigue manifestándose a través del amor a los más frágiles.
Hay otra expresión de Bergoglio que hoy adquiere un significado particular. Hablando del servicio a los pobres, decía: “Tengan la seguridad de que los diarios no van a hablar de ustedes”. Esta vez, en cambio, los diarios y los medios de comunicación hablarán seguramente de Claypole y de nuestra obra a causa de la visita de León XIV. Pero la verdadera grandeza de la caridad orionita seguirá manifestándose sobre todo en el servicio cotidiano, silencioso y escondido, cuando las cámaras se hayan apagado y el Papa se haya marchado.
Después del 9 de noviembre, después de la partida del Papa León, la imagen más hermosa que quisiera que permaneciera en nuestro corazón es la del Papa en medio de los pobres, los pobres en el centro de la atención de la Iglesia y nosotros, hijos de Don Orione, llamados a servir a los pobres y a la Iglesia con todo nuestro amor.
El cardenal Bergoglio concluía aquel mensaje de 2009 deseándonos vivir con tal fidelidad al carisma que pudiéramos seguir exclamando, como en tiempos del Fundador: “¡Deo gratias!”.
Y es precisamente con esta expresión, con la que quise comenzar la presente circular, que deseo concluirla. ¡Deo gratias! Por el don de esta visita, por el bien que el Señor sigue realizando a través de nuestra Familia y por la responsabilidad que una vez más nos confía.
Encomendemos al Santo Padre y a toda la Familia Orionita a la Virgen de la Divina Providencia, pidiendo que este encuentro suscite nueva confianza, fraternidad y generosidad apostólica. Y, sobre todo, que nos haga cada vez más fieles a nuestra vocación de servidores de Cristo y de los pobres.
Los saludo a todos fraternalmente en el Señor.
P. Tarcísio G. Vieira
Director general