145 años del nacimiento de Don Orione

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(23/06/2017)  El 23 de junio de 1872 nacía en Pontecurone, al norte de Italia, Juan Luis Orione.

El pequeño Luigi era el cuarto hijo de doña Carolina y don Vittorio, y con el tiempo su amor por Jesús y el amor de Jesús por él, haría de aquel niño en pañales un Santo para la Iglesia y para toda la humanidad.

En el libro “El Apóstol de la Caridad” se puede leer un breve reseña de un acontecimiento que precedió el nacimiento de Don Orione, conocido como “La rosa que no se marchita”

 

“Era el mes de mes de María en Italia y en Europa, mayo de 1872; el P. Miguel Cattáneo -uno de los sacerdotes del pueblito de Pontecurone- quiso ver con sus propios ojos lo que comentaba todo el Pueblo: que una rosa, puesta ante la imagen de la Virgen en el patio de la familia Cazzaniga se mantenía fresca y perfumada, mientras todas las otras se secaban. 

 – ¿Qué significará esto, Padre? -preguntaban las mujeres del lugar- Hace días y días que esa rosa sigue allí sin secarse.

 El buen sacerdote confiaba plenamente en el amor maternal de María, así que tras unos momentos de reflexión, respondió de corazón:

 – Pues, significará que la Santísima Virgen nos depara alguna gracia muy especial.

 No muchos días después, el 23 de junio de ese mismo año de 1872, hubo alegría y fiesta en casa de Victorio Orione y Carolina Feltri: nacía el cuarto hijo, al que bautizaron con dos nombres llenos de significado: Luis -en memoria de un hermanito muerto al nacer, y para que imitara a San Luis Gonzaga- y Juan, porque fue bautizado el día siguiente (24) fiesta de San Juan Bautista, precursor de Jesús.

 Durante el mes de mayo, mes de María, también mamá Carolina había ido a rezar y llevar flores ante la imagen de la casa de los Cazzaniga. ¿Habrá sido suya aquella rosa? Y la gracia de la que hablara el P. Cattáneo, ¿sería ese recién nacido?…”

 

En un breve recorrido por su historia, miles fueron los testigos de su simple conversación se traslucía una vida prodigiosa. En su interior ardía un amor que no le daba tregua ni un solo instante, provocándole a veces el estremecimiento del éxtasis y un estado de soberana libertad propio de quien se dedica totalmente al alma y a Dios.

Siendo ya un joven seminarista, no podía admitir que hubiera niños en la calle, dando vueltas por ahí, sin educación o sin alimento. De allí que sus primeras acciones estuvieran claramente destinadas a ellos, y a dar respuesta desde lo más concreto: casa, techo, plato de comida, educación… lo que se dice un amor de esos que no se quedan en meras palabras. Un verdadero Grande entre los más Pequeños.

Cuentan que al abrir el primer colegio para chicos pobres en 1893, sabía perfectamente que, antes que nada, debía dar de comer. De hecho aquellos primeros cuarenta niños provenientes de la más extrema miseria, traían consigo serios problemas de desnutrición. Y era Don Orione en persona quien se ponía a servir las mesas mientras les daba ánimo: “Coman muchachos, que pan y pasta hay toda la que quieran”.

Mayor compasión aun despertarían en él las víctimas de los terremotos producidos a principios de siglo XX en las ciudades italianas de Messina o La Mársica, o las terribles consecuencias de la guerra. Allí, sus oídos, que de por sí ya estaban atentos, duplicarían su capacidad de escucha ante los gemidos de aquellos que –habiendo tenido la suerte de sobrevivir- morirían de hambre o frío.

Fundó nuestra congregación, la Pequeña Obra de la Divina Providencia, para ponerla al servicio de los que más sufren. Visitó y vivió en nuestro país, al que consideró su segunda patria, donde inició obras que continuaron y extendieron hasta hoy sus hijos.

Ya, cuando vislumbraba el ocaso de su vida, y le aconsejaban fervientemente que fuera a vivir a un lugar mucho más cuidado, decía con absoluta sinceridad: “Soy un pobre hijo de la tierra, mi padre era picapedrero, toda mi familia era pobre; si debo salir de aquí, quiero ir a morir entre los pobres… Quiero morir rodeado de aquellos niños que no tienen a nadie”.

Su fallecimiento en San Remo, Italia, el 12 de marzo de 1940 es sólo una anécdota, porque su alma sigue viva en todo el mundo a través de sus obras de caridad.

Hoy es un día de especial para los orionitas, porque celebramos elevando nuestras almas un agradecimiento enorme a Dios por habernos dado en San Luis Orione la luz que nos guía.

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