A 80 años de la partida hacia Italia del Apóstol de la Caridad

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En 1937 Don Luis Orione culmina su segunda visita a tierra argentina. Recordamos el inicio de una emocionante despedida que arranca por el río Paraná para visitar las comunidades del Chaco, Itatí y Rosario.

Por Alberto Pelagallo para Revista Don Orione

 

Luego de casi tres años de una intensa y fructífera actividad fundacional y evangelizadora, Don Orione emprende el regreso a su Italia natal. No fue fácil la despedida de su amada Argentina, pero la salud resquebrajada y los insistentes pedidos de sus cohermanos para que retorne a la casa madre de la congregación le ponen fecha a su vuelta: el 6 de agosto de 1937 zarpa con destino a Nápoles a bordo del Neptunia.

Don Orione había llegado el 9 de octubre de 1934 para participar del Congreso Eucarístico Internacional. Desde un primer momento, su segunda visita fue una misión sin pausa: “Reforzar, reinsertar, modificar, todo esto, en algunos casos significaba volver a fundar; Don Orione advirtió de inmediato la importancia de la tarea. ¡Extender el servicio de Dios, hacerlo conocer más allá de las ciudades en las pampas, en las cordilleras!”, escribió Giorgio Papasogli, en su biografía del santo.

La magnitud de la obra de esos años hace imposible una síntesis correcta, pero dos hechos permiten apreciar la impronta del trabajo desplegado por Don Orione: la inauguración en 1936 del Primer Cottolengo Argentino en Claypole y las visitas a Uruguay, Chile y Brasil para alentar la tarea de sus religiosos y abrir nuevas obras.

Precisamente, al regreso de su viaje a las casas en Brasil, Don Orione sabe que su tiempo en tierra argentina estaba llegando a su fin. “Hay en el aire una preparación de despedida. La partida madura (…) Don Orione en menos de tres años creó un mundo, conmovió multitudes y deberá dejar todo lo más rápido posible. La nota profunda consiste en una premonición difusa, existente en todos, que no volverá”, relata Papasogli.

 

“Comienza el viaje del adiós”

El 22 de junio, antes de emprender el viaje al Chaco, el Santuario de Itatí y Rosario, Don Orione escribe: “Dentro de una hora o poco más, me deberé embarcar para ir a ver y a saludar –tal vez por última vez en esta tierra– a nuestros amados Hermanos que trabajan, con tanto ardor y sacrificio, en el vasto campo de la fe y de la caridad…”.

¿Cómo viajó Don Orione? Así lo cuenta él mismo en una carta fechada el 24 de junio a bordo del vapor General Artigas: “Tengo el gusto de escribirles mientras viajo por el Paraná (…) es anchísimo y tranquilo, se puede descansar y trabajar. Cuando embarqué, estaba agotado y casi no podía caminar; ahora estoy descansado y recuperado de fuerzas y de voluntad (…) En este hermoso vaporcito celebré misa los dos días de viaje, y espero poder hacerlo también mañana.”

Llega a Resistencia y de allí unos 200 km por tierra hasta Sáenz Peña, para encontrarse con el P. Contardi y, simultáneamente, despedirse de él. En carta desde Itatí escribe: “Ayer hacia las once dejé Sáenz Peña y a nuestro querido P. Contardi; y al saludarlo, quizás por última vez, sentí en lo íntimo del corazón lo que la lengua no puede expresar. El P. Enrique Contardi es párroco de Sáenz Peña. Está él solo con dos catequistas, para una población de más de 30.000 habitantes (…) El Obispo, Mons. Nicolás de Carlo, no terminaba de alabar al P. Contardi por su trabajo apostólico…”.

En otra carta fechada el 27 de junio cuenta: “Al fin aquí estoy, en Itatí, bajo la mirada de María Santísima, que en este rincón de América es venerada en una de sus imágenes más milagrosas (…) Cuando entré, la antigua iglesia estaba repleta de devotos; me arrodillé en el fondo, en el rincón del publicano y sentí toda la felicidad de estar en la casa de la Virgen”.

Dos días después se despidió de los suyos para abordar el vaporcito Iguazú que bajaba por el Paraná y hacía escala en Rosario. Uno de los religiosos describió la escena: “Antes de emprender el regreso, Don Orione nos dio las buenas noches por última vez. Estábamos todos conmovidos, se nos caían las lágrimas: era el Padre que se iba, y teníamos la sensación de que no lo volveríamos a ver en esta tierra…”. En el corazón de la noche, Don Orione embarcó y mientras la pequeña nave se iba alejando, él saludaba desde el puente a los suyos. Era el 29 de junio, fiesta de San Pedro, fiesta del Papa, y desde el barco escribe: “A eso de las seis de la tarde espero llegar a Rosario, donde permaneceré esta noche y parte del día de mañana. Veré a Mons. Caggiano; veré a los nuestros, hablaré con cada uno y con todos (…) En medio del río Paraná pienso en los hermanos e hijos que dejé ayer en los extremos confines de la Argentina, en los que están en la Pampa, en Mar del Plata, y en otros puntos de esta república; en los del Uruguay y el Brasil (…) distantes pero no divididos, desperdigados pero todos unidos en la fe común y el mismo amor de hijos fieles…”

A menos de un mes para su partida, la actividad de Don Orione es incesante, incluyendo un viaje a Uruguay y otro a Mar del Plata. Papasogli resume: “La gente asistía a su misa, lo esperaba antes, después, conformándose con intercambiar con él una palabra, con recibir una bendición; lo visitaba a cualquier hora del día… Millares de personas se acercaban y cada una esperaba durante horas de turno”. En suma, todos, Don Orione el primero, sabían que el tiempo del adiós había llegado.

 

 

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