En Córdoba, una casa de puertas que se abren

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Quizás sea una coincidencia, o tan sólo el nombre de las ciudades. Lo cierto es que el Pequeño Cottolengo de Córdoba está de camino hacia Alta Gracia. Allí conviven 122 personas con diversos tipos y grados de discapacidad distribuidas en cuatro hogares: tres hogares de mujeres (“Lourdes”, “Itatí” y “San José”) y uno de varones (“Providencia”). Además, cuenta con un centro de día donde realizan distintos talleres acordes a las necesidades y posibilidades de cada persona.

Para crecer juntos

En el taller de cocina elaboran bizcochuelos, alfajores de maicena, pre-pizzas y fideos caseros que luego ponen a la venta.
Los talleres de fútbol y de “Lavado de autos” los propusieron los muchachos. Cacho, Balbino, Ariel, Hugo, El Negro Marcos y Hernán les brindan ese servicio a los empleados y les cobran una tarifa.

Como el Cottolengo está en una zona un poco alejada, advirtieron que era difícil hacer compras. Entonces le propusieron a Estela que se encargara de la venta de golosinas y cosas ricas para compartir. Con la ayuda del personal de Mantenimiento, armaron un carrito con bandejas y la nutricionista diseña adaptaciones en el menú. Así nació el “Kioscomóvil”.

La incorporación de la radio también fue un paso importante. Desde FM Providencia –que tiene su estudio dentro de las instalaciones– transmiten todas las mañanas el programa “Juntos es más fácil”, con la conducción de Carlos Iglesias. “Es notable como Marcos, Cacho y Mabel han ido evolucionando en el habla y en la expresión a través de su participación en la radio”, observa la coordinadora del Cottolengo, María Eugenia Vela Nucete.

Entre los talleres que se realizan en los propios hogares está el de Musicoterapia. Si bien cuentan con actividades musicales desde siempre, este año incorporaron algunos cambios a la modalidad por la colaboración entre el gabinete de Psiquiatría y de Musicoterapia. De esa manera, lograron incluir a residentes que no se enganchaban en ninguna actividad. Los avances han sido importantísimos, porque la mayoría no tienen lenguaje mediante palabras y encontraron en la música una forma de expresarse.

En otro sector, el taller de huerta está organizado por grupos. Unos realizan la siembra, el cuidado y la recolección de perejil, salvia, albahaca, lechuga, acelga y plantas aromáticas. Otros preparan los envases y la presentación de los productos. Un tercer grupo se ocupa de las ventas. Las encargadas, Inés Egurza y Verónica López coinciden en que “de acuerdo a sus capacidades, todos pueden participar”.

Con el dinero que se recauda en los distintos talleres se organizan salidas recreativas. “Nos parece fundamental que el esfuerzo realizado sea retribuido, porque hace a la dignidad de las personas”, asegura el P. Sergio Jimenez, quien hace asumió este año la dirección del Cottolengo.

En los últimos meses ya pasaron un día en la granja “Nuestras Raíces”, recorrieron los paisajes del Valle de Punilla en el Tren de las Sierras, visitaron el cuartel de los Bomberos Voluntarios de Alta Gracia… ¡Y tienen planeadas varias salidas más!

Hay que seguir andando, nomás

Una de las particularidades de las personas que viven en el Cottolengo de Córdoba es que en su totalidad son adultos que tienen entre 25 y 80 años de edad, y mayoritariamente en la franja de los 50 / 60. Más de la mitad de ellos tiene algún tipo de dependencia, ya sea motora o conductual. “A medida que nuestros residentes van envejeciendo, algunas cuestiones cotidianas se complejizan y se hace necesario contar con atención personalizada”, indica la coordinadora.

A esto se agrega que la situación en Córdoba no es diferente a la de los demás cottolengos: “Tenemos problemas con las obras sociales y el atraso de los pagos”, señala el P. Sergio. En este momento, además de las comunidades de religiosas y sacerdotes orionitas, cuentan con 140 empleados, repartidos en las distintas áreas. “El panorama no es fácil, pero no hay que desalentarse”, completa.

Tender redes para compartir sueños

Sin embargo, nada de eso impide que se sigan soñando y proyectando nuevos desafíos para el futuro. La meta es la construcción de un nuevo hogar para los residentes más independientes e incorporar un taller de estimulación motora con caballos.

Además, organizaron el proyecto “Uniendo lazos”, donde comparten juegos, charlas y momentos con los alumnos del sexto grado del Colegio Don Orione. “Es muy lindo ver cómo se van superando los miedos y rompiendo barreras”, comenta la profesora Andrea Guerra quien, además de dirigir talleres de educación física y comunicación, participa de la iniciativa.

En los sueños para todos hace falta espacio. Por eso, en el Pequeño Cottolengo de Córdoba, cada día siguen abriendo las puertas.

Nota publicada en la Revistas Don Orione Nº 62 (Octubre 2014) – Por Germán Cornejo

 

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