Madre de la Divina Providencia y “Celestial Fundadora”

(20/11/2025) Cada 20 de noviembre la familia orionita festeja el día de Nuestra Señora de la Divina Providencia, patrona principal de la Pequeña Obra de la Divina Providencia y en cada casa de la Obra Don Orione se celebra la Eucaristía en honor a María.

Don Orione tenía una gran fe en la Virgen María, a quien le encomendaba sus obras, sus pobres, sus hijos  y su vida a la “Celestial fundadora de su Congregación”.

El culto a la Virgen María bajo el título de Madre de la Divina Providencia parece tener su origen en el año 1732, cuando la Iglesia de San Blas y Carlos en Roma se expone la imagen de la Virgen con el Niño en sus brazos y se presentó con ese nombre.

En 1744 Benedicto XIV concede anualmente para celebrar también una solemnidad en honor de Nuestra Señora, Madre de la Divina Providencia, el sábado antes del tercer domingo de noviembre. Entonces se levantó con el mismo nombre que una hermandad autorizada por el Papa y elevado al rango de confraternidad por Gregorio XVI.

Don Orione acogió el culto que se adaptaba a la finalidad y el nombre de su Congregación. La Santa Sede permitió a los Hijos de la Divina Providencia insertar la celebración en el calendario y se estableció su celebración cada 20 de noviembre.

La imagen original venerada por los Siervos de María y otras órdenes religiosas italianas, es un óleo en el que aparece la Virgen con el Divino Niño dormido plácidamente en sus brazos. El título “de la Divina Providencia”, se debe a San Felipe Benicio, quinto superior de los Siervos de María, quien al invocar la protección de la Virgen un día en que sus frailes no tenían alimentos, encontró en la puerta del convento dos cestas repletas de alimentos sin que se pudiese conocer su procedencia.

La Madre Dolorosa se transforma en Nuestra Señora de la Divina Providencia.

Al abrir el Colegio de San Bernardino, el 15 de octubre de 1893, el joven seminarista Orione procuró conseguir una estatua de la Virgen para la devoción de sus alumnos. Según el recuerdo de los testigos fue el cuarto domingo de octubre cuando trajeron en procesión una estatua muy antigua de la Virgen Dolorosa.

En ese primer año escolar 1893-1894 se produjo el hermoso gesto de amor filial que transformó a la Madre Dolorosa en Nuestra Señora de la Divina Providencia. Escuchemos el relato del propio Don Orione del 11 de abril de 1930:

Después, tiempo después, durante una procesión de ese mismo primer año, aquellos muchachos reflexionaron que la Virgen tenía una espada -y si todavía miras ahora puedes ver la grieta donde estaba clavada la espada, porque, como sabes, las imágenes de la Dolorosa casi siempre tienen una espada en el corazón, o más bien a veces siete espadas – cuando los muchachos, como decía, vieron y reflexionaron que la Virgen tenía una espada en el corazón, se volvieron hacia mí y me dijeron: «Pero nosotros ¡No queremos que tenga una espada en el pecho!», e inmediatamente, sacando la espada, añadieron: «¡Que la Virgen nunca esté llena de dolor entre nosotros!». Entonces la rompieron y, haciendo traer cerillas, la quemaron en medio del jardín, donde había una puerta, a mitad de la pared y ahora está la estatua de la Virgen. Luego, tomándola en hombros, la llevaron a su estudio. Y la visitaban con frecuencia. Y, efectivamente, un día, que sería como hoy, le encendieron muchas luces por devoción y luego se fueron a almorzar. No sé cómo, pero el caso es que se prendió fuego y se quemó todo. Sólo la Virgen permaneció intacta; sólo quedaron sus pies -como recuerdo de aquel suceso- un poco ahumados”. [Parola Vol. IV, p. 283]

En los primeros tiempos de la Congregación, Don Orione, también dio a esta estatua el título de “Mater Misericordiarum”, (Madre de las Misericordias)

Oración a María, celeste fundadora

¡Ave, oh María, llena de gracia, intercede por nosotros!

Recuerda, Virgen Madre de Dios, mientras estás en presencia del Señor, de hablarle e implorar por esta humilde Congregación tuya, que es la Pequeña Obra de la Divina Providencia, nacida a los pies del Crucifijo, en la gran semana del Consummatum est.[1]

Tú lo sabes, oh Virgen Santa, que esta pobre Obra es Obra tuya: Tú la has querido, y has querido servirte de nosotros, miserables, llamándonos misericordiosamente al altísimo privilegio de servir a Cristo en los pobres; nos has querido siervos, hermanos y padres de los pobres, vivientes de fe grande y totalmente abandonados a la Divina Providencia.

Y nos has dado hambre y sed de almas, de ardientísima caridad: ¡Almas! ¡Almas!

Y esto en los días que más recordaban al desangrado y consumido Cordero, en los sacros días que recuerdan cuando nos has generado en Cristo, sobre el Calvario.

¿Qué hubiésemos podido nosotros, sin Ti? ¿Y qué podríamos, si Tú no estuvieses con nosotros?

Entonces, di: ¿a quién iremos nosotros, si no es a Ti? Y ¿no eres Tú la meridiana antorcha de caridad? ¿No eres la fuente viva de aceite y bálsamo, la celeste Fundadora y Madre nuestra? ¿Tal vez no es en Ti, oh Bendita entre todas las mujeres, en la que Dios ha reunido toda la potencia, la bondad y la misericordia?

¡Oh sí: en Ti misericordia, en Ti piedad, en Ti magnificencia, ¡en Ti se reúne lo que en criatura hay de bondad!

Sí, sí, ¡oh Santa Virgen mía! Todo lo tienes Tú, y todo lo puedes Tú, ¡lo que Tú quieras!

Nel nome della Divina Provvidenza, 155.

[1] Referencia a la Semana Santa.

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