
(30/04/2026) Cada 30 de abril, la Iglesia y la familia orionita celebran a San José Benito Cottolengo. Para nosotros, su figura es fundamental: es el precursor y el modelo de confianza absoluta en la Providencia que llevó a nuestro fundador a abrir hogares donde la caridad no tiene límites.
Un corazón pastoreando entre los humildes
Nacido en Bra, al norte de Italia, José Benito fue el mayor de doce hermanos. Se doctoró en Teología en Turín, pero su verdadera cátedra fue la calle. Como sacerdote, celebraba misa a las tres de la mañana para que los campesinos pudieran recibir la bendición de Dios antes de su dura jornada, convencido de que “la cosecha será mejor con la bendición del Señor”.
El impacto de la injusticia: El nacimiento de una misión
Su vida cambió para siempre cuando, siendo canónigo en Turín, asistió impotente a la muerte de una mujer pobre que dejaba varios hijos huérfanos. Le habían negado los auxilios más urgentes en los hospitales debido a su extrema miseria.
Ese dolor se transformó en acción: para aliviar el sufrimiento de los más postergados, Cottolengo vendió todas sus pertenencias y consiguió cinco piezas para comenzar su obra. La “Pequeña Casa” se inauguró dando albergue gratuito a una anciana paralítica. Ante cualquier duda sobre los recursos, su frase era: “No importa, todo lo pagará la Divina Providencia”.
“Nos trasplantamos para crecer más”
En 1831, ante una epidemia de cólera, las autoridades ordenaron cerrar su casa por temor al contagio. Lejos de desanimarse, el Padre José Benito exclamó: “A las hortalizas, para que crezcan más, las trasplantan. Así nos va a suceder a nosotros”. Se mudó al barrio de Valdocco y fundó la “Pequeña Casa de la Divina Providencia”, bajo el lema: “La Caridad de Cristo nos anima”.
Allí creó edificios para personas con retraso mental —a quienes llamaba “mis queridos amigos”—, sordomudos, inválidos y huérfanos. Lo que muchos rechazaban, él lo recibía con amor.
El legado que Don Orione hizo propio
Don Orione se inspiró profundamente en esta fe ciega. Por eso, al abrir sus hogares para personas con discapacidad, los llamó “Pequeño Cottolengo” en honor a su precursor. Ambos compartían una certeza inamovible: “Nos podrán fallar las personas, nos fallarán los gobiernos, pero Dios no nos fallará jamás”.
San José Benito Cottolengo partió a la Casa del Padre el 30 de abril de 1842, a los 56 años. Fue canonizado en 1934 por Pío XI, junto a su gran amigo San Juan Bosco. Su obra, que hoy llamamos “la ciudad del amor”, sigue viva en cada rincón donde un hijo de Don Orione abraza la vida.
Sigamos su ejemplo en nuestra Obra
Hoy celebramos que el milagro de la Providencia continúa. En cada Cottolengo de Argentina, renovamos el compromiso de San José Benito: ser manos que consuelan y corazones que no dejan a nadie afuera.
¡San José Benito Cottolengo, ruega por nosotros!