“Que la caridad no se reduzca a filantropía”

Que la caridad no se reduzca a filantropia 02

 

(27/05/2016) “Como escribía Don Orione -recordó el Papa en su mensaje a los religiosos orionitas- toda la Iglesia está llamada a caminar con Jesús por las calles del mundo, para encontrar la humanidad de hoy que necesita, del ‘pan del cuerpo y del divino bálsamo de la fe’.

Transcribimos el mensaje completo de Francisco.

 

Discurso del Santo Padre Francisco a los participantes del Capítulo General de la Pequeña Obra de la Divina Providencia (San Luis Orione)

Sala Clementina
Viernes, 27 de mayo 2016

Queridos hermanos y hermanas,
Me alegra encontrarlos en ocasión de vuestro Capítulo General. Los saludo cordialmente, comenzando por el nuevo Superior General, al que agradezco por sus palabras y a quien deseo un buen trabajo, junto a sus Consejeros.

Estamos todos en camino como discípulos de Jesús. La Iglesia entera está llamada a caminar con Jesús por las calles del mundo, para encontrar a la humanidad que hoy necesita – como escribía Don Orione – del “pan del cuerpo y del divino bálsamo de la fe” (Lettere II, 463). Para encarnar en el presente estas palabras de vuestro Fundador y vivir lo esencial de su enseñanza, ustedes colocaron en el centro de las reflexiones del Capítulo General vuestra identidad, resumida por Don Orione en la expresión “siervos de Cristo y de los pobres”. El sendero justo es tener siempre unidas estas dos dimensiones de vuestra vida personal y apostólica. Ustedes han sido llamados y consagrados por Dios para permanecer con Jesús (cfr. Mc 3,14) y para servirlo en los pobres y excluidos de la sociedad. En ellos, ustedes tocan y sirven la carne de Cristo y crecen en la unión con Él, vigilando siempre que la fe no se transforme en ideología y la caridad no se reduzca a la filantropía, y la Iglesia no termine siendo una “ONG”.

Ser siervos de Cristo califica todo lo que ustedes son y hacen, garantiza vuestra eficacia apostólica y hace fecundo vuestro servicio. Don Orione les pedía “buscar y sanar las llagas del pueblo, curar las enfermedades, hacerse cargo de ellos tanto en lo moral como en lo material: de este modo vuestra acción no solamente será eficaz, sino también profundamente cristiana y salvadora” (Scr. 61,114). Los exhorto a seguir estas indicaciones; ¡son ciertamente verdaderas! De hecho, obrando así, no solo imitarán a Jesús buen Samaritano, sino también ofrecerán a la gente la alegría de encontrar a Jesús y la salvación que Él trae a todos. De hecho, “aquellos que se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Cristo Jesús siempre nace y renace la alegría” (Evangelii gaudium, 1).

El anuncio del Evangelio, especialmente en nuestros días, requiere tanto amor al Señor, como una particular audacia. He sabido que, todavía viviendo el Fundador, en ciertos lugares los llamaban “los curas que corren”, porque los veían siempre en movimiento, en medio de la gente, con el paso rápido de quien tiene apuro. “Amor est in via”, recordaba San Bernardo, el amor está siempre en la calle, el amor está siempre en el camino. Con Don Orione, yo también os exhorto a no permanecer encerrados en vuestros ambientes, sino a salir “afuera”. Hay tanta necesidad de sacerdotes y religiosos que no se detengan solo en las instituciones de la caridad – también necesarias – sino que sepan ir más allá de sus fronteras, para llevar a cada ambiente, incluso al más lejano, el perfume de la caridad de Cristo. No pierdan jamás de vista ni la Iglesia ni vuestra comunidad religiosa, es más, el corazón debe estar allá en vuestro “cenáculo”, pero después es necesario salir para llevar la misericordia de Dios a todos, sin distinción.

Vuestro servicio a la Iglesia será mucho más eficaz, cuanto más se esfuercen en cuidar vuestra adhesión personal a Cristo y vuestra formación espiritual. Dando testimonio de la belleza de la consagración, la buena vida de los religiosos “siervos de Cristo y de los pobres”, serán un ejemplo para los jóvenes. La vida genera vida, el religioso santo y contento suscita nuevas vocaciones.

Confío vuestra Congregación a la materna protección de la Virgen María, venerada por ustedes como “Madre de la Divina Providencia”. Les pido, por favor, rezar por mí y por mi servicio a la Iglesia, para que yo también me mantenga en el camino. Imparto la Bendición Apostólica sobre vosotros, sobre vuestros hermanos, especialmente aquellos ancianos y enfermos, y sobre todos aquellos que comparten el carisma de vuestro Instituto.

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